
Lápiz labial, vueltas, uno que otro tono de voz y la fusión de palabras, pasos y risas fingidas y recién programadas se mantienen en el montón del tácito momento. Se dicen dos, tres, cuatro y mil doscientas mentiras mientras una mente débil empieza a ceder a unos insípidos encantos.
Dos, tres, cuatro pasos. Ya las manos se han puesto en una labor innata y natural redondeando las circunferencias de la dama en cuestión. Cinco, seis, siete pasos. Hay un leve rose en el rostro y las luces son estridentes en las esquinas donde las arañas ponen sus crías de ocho patas.
Ocho, nueve, diez pasos. Las luces se apagan, se rozan los labios, arden las pieles y se apagan las luces. Ya no hay pasos y las caricias hacen que los cuerpos se junten y los largos besos hagan que se deba contener la respiración por un instante más. Desnudes.
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