
Suena el teléfono y el interlocutor atiende incauto el tono agudo de su mala fortuna. Las malas noticias calan entre las costillas, arriba de lo que duele cuando hacemos algo de ejercicio luego de beber algo y denominamos baso, ahí mismo donde se haya la soledad, la desidia y las malas compañías.
Se devengaba una cantidad de palabras que te anuncian el tamaño de tu dolor y el amplio diámetro de tu nueva tragedia. Oyes pero no escuchas, solo tus defensas virales hacen un balance y presupuesto de lo que te va a costar salir de esta y los anuncios predicen que no te favorecerán mucho el paso de los días.
Luchas en cuestión de milésimas de segundo por sostenerte lo mas firme posible, pero estas en una superficie lisa y húmeda, con el cuerpo lleno de jabón, aceite de oliva y tres onzas de inseguridades. Intentas canalizar tus fuerzas extras para poder mantenerte en pie, pero tu anémico espíritu se sacude entre una avalancha de maldiciones y una tormenta de falsas ilusiones. Callas hasta que la voz del otro lado se despide con unas palabras de consuelo que van a dar a cualquier lado. Cuelgas con los ojos empapados en lágrimas sintiéndote un elemento anexo de esta obra llamada realidad.
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