miércoles, 27 de marzo de 2013

ALEGORÍAS DE UN CADÁVER


Noche sin luna, noche rota, vidrios en el piso y vasos hasta la mitad. Olores de humedad, zapatos sin lustrar, miedo y el techo como firmamento. Ansiedad, sed, hormigueo en las manos y un vaso de whisky. Ropa en el piso, colillas viejas y un ladrido de perro de fondo. Pánico, suplicas, llanto, ira y deseos. Flores, sangre y giros. Lluvia, manos entrelazadas, soledades compartidas y narices frías. Pupilas dilatadas, miradas pérdidas, humo de cigarrillos, una copa, dos copas, tres copas  y lucidez.  Once de la noche, gritos, pasos en falso, cervezas  y pensamientos suicidas en las tasas de té. Cambios, intriga, nostalgia y un tequila con sal.





Es una larga noche. Una noche que se adorna con la frase:




No quiero pensar, no quiero pensar, no quiero pensar, no quiero pensar, no quiero pensar, no quiero pensar, no quiero pensar, no quiero pensar, no quiero pensar, no quiero pensar, no quiero pensar…

lunes, 18 de marzo de 2013

EL VERDADERO VILLANO: MARIO BROSS







Todo parece raro, diverso, confuso y lejano. Todo se mueve en ondas tenues de luz que van a encallar en puertos de limpias y doradas playas. La gente sonríe y todos se abrazan en torno a frases de colores, miradas amenas y vidriosas. La vida se va moviendo conforme rige la dinámica de este mar pacifico que baña esta hermosa playa peruana. En mi mano una botella de pisco limeño va dilucidando el movimiento propio de la vida costera y ojos palpitantes, contrastan con  las miradas sobrias y alegres de los que, en una ola de crestas sorprendentes, muestran su pericia sobre una tabla de surf.




Hace unos tres días no ocurría esto. Yo estaba en una oficina del norte de Bogotá, mi ciudad natal, dilapidando los momentos de mundo real, por una consignación mensual y un par de lastimeras prestaciones sociales.  Encerrado en un cubículo como una res a punto de ser sacrificada, mientras mi vida se preparaba para crecer en el infierno.  Una lógica absurda que me llevo a escribir esto. Una lógica que me llevo a deducir que mis días habían sido subordinados y conducidos a los periplos infernales, por los que en su momento parecieron héroes. Una lógica elaborada por los días de infancia, donde me la pasaba todo el tiempo con mi Supernintendo jugando el videojuego más conocido y más famoso del mundo: Mario Bross.





Si, Mario Bross, ese fontanero de pantalones azules y gorra roja que se empeña radicalmente en una travesía épica, por una princesa que es raptada por un dinosaurio “humanizado”, y que se  enfrenta a toda clase de escenarios, con el fin de recuperarla y recibir un beso en la mejilla. Un fontanero bonachón y de acento italiano, que masacra tortugas, hongos, plantas, seres alados y toda clase de obstáculos, con el fin de llegar a su cometido: salvar a la princesa Peach (por eso la frase MUY colombiana, de culminar un videojuego, sea de guerra, futbol, aventura, de rol etc  y decir: “lo rescate”). Eso no es malo. De cierta forma enseña con entereza, la capacidad  que tenemos  de trazarnos objetivos y metas, luchar por ellas y al final, sin importar  el esfuerzo, alcanzarlas.  Lo malo no es esto. No voy a juzgar valores ni mucho menos. Lo malo es la concepción de capital que nos implanto (no sé si intencionalmente, y si lo hizo, ese muñeco es un hijo de puta), haciéndonos ver que la vida se gana con un determinado número de monedas y que por ellas este hecho se justifica. Todo. Todo eso que en esta única oportunidad se va desvaneciendo como en este momento se desvanece este puñado de arena en mis manos abiertas. Mario Bross nos enseñó a aplastar a nuestros enemigos, destruir a nuestros detractores y abandonar a nuestros amigos (como cuando dejábamos a Yoshi morir cayendo en el abismo para saltar más alto), para seguir adelante. Un pésimo ejemplo que tomamos de manera constante alienando nuestros sueños en un cubículo de oficina, donde dilapidamos esta UNICA vida. Un ejemplo que acatamos como borregos, en una realidad donde no existe un hongo verde (paraíso psicotrópico), que nos la reintegre. Mario Bross nos hizo creer que  todo esto era cierto y nosotros le creímos porque nos reía en la cara,  mientras nos clavaba el puñal en la espalda y nos implantaba el mal en el subconsciente.





Yo vivo la vida de miles de millones de seres sedentarios que se van por los caminos de la existencia sin hacer pausas, en busca de monedas para pasar por mundos (las apariencias), edificar castillos (los sueños fotocopiados de una casa, una finca y una posición social), no trabajar en equipo (Luigi era un cuento aparte en la travesia), e ir detrás de princesas (las banalidades), despilfarrando lo realmente importante y verdadero: la vida. Ese lapso realmente sublime que se va sin darnos cuenta, dejándonos canas y miles de momentos vacíos por dejar lo más vital para después, para ese futuro que nadie sabe si va a llegar. Por eso creo que son necesarias las pausas para analizar eso. Para estar conscientes de que somos Hámsters en una rueda fabricada por un sistema que va descartando a los menos aptos. Un sistema que hace una brecha cada vez más grande entre los que tienen más monedas (los ricos), y los que alcanzan unas pocas para sobrevivir (los pobres). Un  sistema que en cualquier momento tendrá que colapsar y que solo hasta que ese momento se dé,  caeremos en la cuenta de su sordidez y superfluidad.





Mario Bross nos jodió y lo sabe, se ríe y pica el ojo. Mario Bross es el villano más audaz y el único realmente perverso de ese videojuego que tanto trasnocho mi infancia.





Infancia destruida en 3….2…..1…….

viernes, 1 de marzo de 2013

UN,DOS,TRES POR MI Y SALVO PÁTRIA





La lluvia cae y arrasa con los recuerdos de un pasado largo y confuso que sin pena ni gloria, va quedándose en el baúl descolorido y pérfido de esas vivencias que con anécdotas ya lejanas, van condensando esos momentos que en instantes fueron relativamente importantes y que ahora en su languidez parecen extraños. Recuerdos cargados de rostros, cuerpos, sitios y emociones que en el presente ya no son relevantes y se caen de la estantería de las cosas importantes por su propio peso.




Momentos traslucidos que ahora parece que fueran parte del guion de otras vidas, que en nada se parecen a lo que se vive ahora, en el presente y que carecen de relación. El pasado es solo una huella sin relevancia, que sirve para incentivar la nostalgia y acentuar la melancolía de los días de colores grises, arroz chino calentado en microondas y las soledades autoimpuestas.  Es un tiempo intangible como el mismo inhóspito futuro que conservamos con masoquismo para restarle importancia a lo realmente relevante: el presente.





Una atemporalidad que nos forma pero que como su mismo nombre indica, ya paso, se quedo allá. Ya no va más. Uno gasta y desperdicia vida en rememorar y dar protagonismo a lo que fue y ya no es, ni será jamás. A lo que pasó y no volverá a pasar. A amores y experiencias viejas que ya no regresaran y a palabras que se dijeron y el viento no retornara. Gastamos energías en eventos que no se repetirán amputándonos  la posibilidad de vivir experiencias nuevas. De mayor envergadura, mas edificantes y sin duda mas saludables. Nos hacemos presos de lo que fue y echamos al barranco de las derrotas lo que puede ser.




Una errónea concepción que se lleva lo mejor de nosotros. Que nos deja en una pausa innecesaria en un mundo en constante movimiento. Una posición pasiva y antinatural que en choca con una realidad fluctuante y en constante movimiento. Una parsimonia extraña, que solo nos deja como expectantes y asistentes de segunda categoría, en una obra en la que estamos en la obligación de hacernos a la idea del rol protagónico que infiere. Del hecho de que uno se debe apersonar que la vida es solo una y uno es el que la vive. Que el proyecto de vida no debe ir limitado a lo que los demás esperen, sino lo que realmente queramos y nos haga felices.





Hoy todo eso quiero que se quede atrás. Que esas nubes de recuerdos y tiempos vividos se queden allá. Lejos. Como simple enseñanzas que hasta un punto fueron útiles, pero que en este momento ya no forman parte del capitulo que contextualice lo bueno o lo malo que venga con el presente. La felicidad implica riesgos. Implica lanzarse al vacio con los ojos vendados y asumir que el futuro es y será distinto, sin medir siempre en los pros o contras y mucho menos en las consecuencias. Por eso hoy saludo al pasado desde esta barrera lánguida en la que me encuentro. Le doy gracias por cada lección, cada sonrisa, cada suspiro, cada lágrima y cada momento de asombro que me dejo. Creo que ya es hora de arrancar hacia adelante. Sin prejuicios que solo indisponen y dan alertas falsas que hacen chocar contra la soledad. Ya no necesito consignar tantas cosas e imponer a los demás un lastre de sucesos que ni les competen, ni son agradables. 





Desde ahora procurare encaminarme desde mi levedad a paisajes sin duda mas amenos y a experiencias nuevas que enriquezcan mi paso por este corto lapso de tiempo en el que peregrinamos fugazmente por un mundo transitado hasta el hastío, que nos abre las puertas con nuestro llanto infantil en el parto y nos baja el telón con la inevitable y siempre paciente muerte. Hoy me encamino a disfrutar de los medios sin pensar en los resultados y sin cielos estrellados. Desde ahora prometo dejar que todo gire, que todo fluya, todo llegue al lugar que tenga que llegar. Desde hoy prometo ser y dejarme hacer feliz sin nimiedades que alteren todo esto que desde una pequeña flor de loto se va expandiendo…