Todo parece raro, diverso, confuso y lejano. Todo se mueve
en ondas tenues de luz que van a encallar en puertos de limpias y doradas
playas. La gente sonríe y todos se abrazan en torno a frases de colores,
miradas amenas y vidriosas. La vida se va moviendo conforme rige la dinámica de
este mar pacifico que baña esta hermosa playa peruana. En mi mano una botella
de pisco limeño va dilucidando el movimiento propio de la vida costera y ojos
palpitantes, contrastan con las miradas
sobrias y alegres de los que, en una ola de crestas sorprendentes, muestran su
pericia sobre una tabla de surf.
Hace unos tres días no ocurría esto. Yo estaba en una
oficina del norte de Bogotá, mi ciudad natal, dilapidando los momentos de mundo
real, por una consignación mensual y un par de lastimeras prestaciones
sociales. Encerrado en un cubículo como
una res a punto de ser sacrificada, mientras mi vida se preparaba para crecer
en el infierno. Una lógica absurda que
me llevo a escribir esto. Una lógica que me llevo a deducir que mis días habían
sido subordinados y conducidos a los periplos infernales, por los que en su
momento parecieron héroes. Una lógica elaborada por los días de infancia, donde
me la pasaba todo el tiempo con mi Supernintendo jugando el videojuego más
conocido y más famoso del mundo: Mario Bross.
Si, Mario Bross, ese fontanero de pantalones azules y gorra
roja que se empeña radicalmente en una travesía épica, por una princesa que es
raptada por un dinosaurio “humanizado”, y que se enfrenta a toda clase de escenarios, con el
fin de recuperarla y recibir un beso en la mejilla. Un fontanero bonachón y de
acento italiano, que masacra tortugas, hongos, plantas, seres alados y toda
clase de obstáculos, con el fin de llegar a su cometido: salvar a la princesa
Peach (por eso la frase MUY colombiana, de culminar un videojuego, sea de
guerra, futbol, aventura, de rol etc y decir:
“lo rescate”). Eso no es malo. De cierta forma enseña con entereza, la
capacidad que tenemos de trazarnos objetivos y metas, luchar por
ellas y al final, sin importar el
esfuerzo, alcanzarlas. Lo malo no es
esto. No voy a juzgar valores ni mucho menos. Lo malo es la concepción de
capital que nos implanto (no sé si intencionalmente, y si lo hizo, ese muñeco
es un hijo de puta), haciéndonos ver que la vida se gana con un determinado número
de monedas y que por ellas este hecho se justifica. Todo. Todo eso que en esta única
oportunidad se va desvaneciendo como en este momento se desvanece este puñado
de arena en mis manos abiertas. Mario Bross nos enseñó a aplastar a nuestros enemigos, destruir
a nuestros detractores y abandonar a nuestros amigos (como cuando dejábamos a
Yoshi morir cayendo en el abismo para saltar más alto), para seguir adelante. Un
pésimo ejemplo que tomamos de manera constante alienando nuestros sueños en un cubículo
de oficina, donde dilapidamos esta UNICA vida. Un ejemplo que acatamos como
borregos, en una realidad donde no existe un hongo verde (paraíso psicotrópico),
que nos la reintegre. Mario Bross nos hizo creer que todo esto era cierto y nosotros le creímos
porque nos reía en la cara, mientras nos
clavaba el puñal en la espalda y nos implantaba el mal en el subconsciente.
Yo vivo la vida de miles de millones de seres sedentarios
que se van por los caminos de la existencia sin hacer pausas, en busca de
monedas para pasar por mundos (las apariencias), edificar castillos (los sueños
fotocopiados de una casa, una finca y una posición social), no trabajar en equipo (Luigi era un cuento aparte en la travesia), e ir detrás de
princesas (las banalidades), despilfarrando lo realmente importante y
verdadero: la vida. Ese lapso realmente sublime que se va sin darnos cuenta,
dejándonos canas y miles de momentos vacíos por dejar lo más vital para después,
para ese futuro que nadie sabe si va a llegar. Por eso creo que son necesarias
las pausas para analizar eso. Para estar conscientes de que somos Hámsters en
una rueda fabricada por un sistema que va descartando a los menos aptos. Un sistema
que hace una brecha cada vez más grande entre los que tienen más monedas (los
ricos), y los que alcanzan unas pocas para sobrevivir (los pobres). Un sistema que en cualquier momento tendrá que
colapsar y que solo hasta que ese momento se dé, caeremos en la cuenta de su sordidez y superfluidad.
Mario Bross nos jodió y lo sabe, se ríe y pica el ojo. Mario
Bross es el villano más audaz y el único realmente perverso de ese videojuego
que tanto trasnocho mi infancia.
Infancia destruida en 3….2…..1…….