Cuando uno se interna en la dispendiosa y masoquista labor
de exteriorizar en letras lo que se
piensa y lo que se siente sobre todo este contexto ambiguo llamado vida, cae en
la cuenta de que lo que se palpa, no solo es lo que los demás acotan sobre
nuestras existencias, sino que nuestros propios ojos inquisidores se ponen al
tanto de nuestros actos y van dando en el, o los clavos que de cada acción que
ejecutamos se desprenden. Uno se va
haciendo consiente de cada cicatriz, cada huella, cada llaga y cada enmendadura
que tiene y mientras se van desglosando las líneas que se escriben, se va cayendo en la cuenta de que somos (y en este
caso soy), una bola de nieve toxica llena de errores, lapsus, quimeras, aquelarres
y pus. Una inmensa bola de nieve cargada de amores rotos, odios, pesares, alegrías
esporádicas y dolores de espalda. A medida de que se desenmaraña la existencia
en el inmenso placer de escribir, se va uno enterando de que en este mundo solo
es una paloma mensajera sin nido, sin mensaje y sin destino y que solo la
certeza de la muerte es inequívoca en el
mar de convenientes mentiras y frases indulgentes del noveno circulo del
infierno que vivimos.
Por ello para mi
escribir es una especie de purgatorio. Una clase de castigo
autoinflingido que me imprimo para dar una bocanada de aire que me permita
vivir (o sobrevivir) a la desbandada banal que me ahoga los pulmones y me come
a dentelladas vibrantes el alma. Escribir es un dolor que me permite luces
fugaces de sensatez y verdad en medio de un mundo lleno de espejismos pautados
en horario prime time e incubados en
secciones de carnes empacadas y franjas de farándula y matinés macabros. Es mi espacio para
revelarme a un sistema que me exprime cuarenta horas semanales (aun cuando hago
cosas que me gustan), y que me da palmaditas en la espalda con el ruido que
hace el cajero automático en el momento de retirar el dinero. En algún texto que en este momento no recuerdo,
el escritor Mario Mendoza expuso que la tarea de escribir implica soledad,
insomnio, rechazo, autoexclusión y valentía. Por ello así mismo lo asumo. La necesidad
de estar solo implica ser un paria sin que nadie lo haya impuesto y relegarse
aun cuando el falso mundo tenga mil brazos abiertos.
Estar, mas no sentirse solo (que es la frase de los
perdedores que buscan con frases tristes que los abracen y amen), es mi razón para
ser feliz y escribir esto, sin importar el remitente o si alguien en algún momento
lo va a leer. En este momento de mi vida la plenitud se ha dispuesto a quedarse
un rato y todo transcurre de manera apacible y tranquila (hasta ahora), y me
alegran estos veinte minutos de realidad que avocaron a estas letras , a
este escrito, a este grito silencioso y a esta bocanada de realidad dentro del
mar de mentiras que dicta la rutina.

