jueves, 26 de septiembre de 2013

BOCANADAS DE AIRE






 
Cuando uno se interna en la dispendiosa y masoquista labor de exteriorizar  en letras lo que se piensa y lo que se siente sobre todo este contexto ambiguo llamado vida, cae en la cuenta de que lo que se palpa, no solo es lo que los demás acotan sobre nuestras existencias, sino que nuestros propios ojos inquisidores se ponen al tanto de nuestros actos y van dando en el, o los clavos que de cada acción que ejecutamos se desprenden.  Uno se va haciendo consiente de cada cicatriz, cada huella, cada llaga y cada enmendadura que tiene y mientras se van desglosando las líneas que se escriben, se va  cayendo en la cuenta de que somos (y en este caso soy), una bola de nieve toxica llena de errores, lapsus, quimeras, aquelarres y pus. Una inmensa bola de nieve cargada de amores rotos, odios, pesares, alegrías esporádicas y dolores de espalda. A medida de que se desenmaraña la existencia en el inmenso placer de escribir, se va uno enterando de que en este mundo solo es una paloma mensajera sin nido, sin mensaje y sin destino y que solo la certeza de la muerte es inequívoca  en el mar de convenientes mentiras y frases indulgentes del noveno circulo del infierno que vivimos.




 
Por ello para mi  escribir es una especie de purgatorio. Una clase de castigo autoinflingido que me imprimo para dar una bocanada de aire que me permita vivir (o sobrevivir) a la desbandada banal que me ahoga los pulmones y me come a dentelladas vibrantes el alma. Escribir es un dolor que me permite luces fugaces de sensatez y verdad en medio de un mundo lleno de espejismos pautados en horario prime time  e incubados en secciones de carnes empacadas y franjas de farándula  y matinés macabros. Es mi espacio para revelarme a un sistema que me exprime cuarenta horas semanales (aun cuando hago cosas que me gustan), y que me da palmaditas en la espalda con el ruido que hace el cajero automático en el momento de retirar el dinero.  En algún texto que en este momento no recuerdo,  el escritor Mario Mendoza expuso  que la tarea de escribir implica soledad, insomnio, rechazo, autoexclusión y valentía. Por ello así mismo lo asumo. La necesidad de estar solo implica ser un paria sin que nadie lo haya impuesto y relegarse aun cuando el falso mundo tenga mil brazos abiertos.





Estar, mas no sentirse solo (que es la frase de los perdedores que buscan con frases tristes que los abracen y amen), es mi razón para ser feliz y escribir esto, sin importar el remitente o si alguien en algún momento lo va a leer. En este momento de mi vida la plenitud se ha dispuesto a quedarse un rato y todo transcurre de manera apacible y tranquila (hasta ahora), y me alegran estos  veinte minutos  de realidad que avocaron a estas letras , a este escrito, a este grito silencioso y a esta bocanada de realidad dentro del mar de mentiras que dicta la rutina.

viernes, 13 de septiembre de 2013

LA OLA

Como individuos sociales vamos formando desde nuestros inicios, clanes diversos que nos separan, identifican,  encasillan Y/o clasifican en distintas formas  de ver el mundo. Fundamentamos en nuestra subjetividad exponencial, todo lo que vemos y transformamos nuestro entorno desde ese punto de vista, desde esa forma de pensar, sentir y vivir. Impostamos a los demás lo que creemos que es  o no correcto y deliberamos sobre temas desde estos mismos preceptos. Edificamos ítems y patrones donde desde un punto de  vista unidimensional,  ubicamos en el contexto de la realidad lo que creemos y lo que abanderamos. Es esa capacidad del hombre de distorsionar el mundo y la visión del mismo, según sus ideales, sus ambiciones y sus más siniestros instintos la que nos hace únicos. Como de las mismas falencias y precariedades, emerge la necesidad de crear sentidos de pertenencia y fanatismo que se abren paso codo a codo y con violencia para hacerse notar. Como la alienación de las masas puede distorsionar el orden correcto de las cosas y como el fanatismo de todo tipo,  puede desembocar en un dantesco escenario lleno de seres errados y perdidos en el laberinto de los egos.




 Como el ansia de pertenecer a algo o a alguien, nos hace esclavos de reglas dictatoriales que nos convierten en marionetas volubles, dóciles e idiotas. Como los radicalismos se convierten en la semilla del odio y como la libertad individual es aplastada por dogmas enfermos que nos convierten en los lacerados peones del ajedrez de los gobernantes. La ola es una película que no se aleja de la realidad y es fiel espejo de una sociedad convulsionada por esquemas contemporáneos de esclavismo. Esquemas como Facebook, el capitalismo, los medios de comunicación, los realityes, el futbol y la educación en general. Esquemas que manejan una masa de autómatas e idiotas útiles que sirven de carne de cañón para redes sociales insulsas y falsas, capitalismos desbordados y salvajes, medios de comunicación que se venden al mejor postor,  “barras bravas” que al no tener identidad matan por el color de una camiseta y sistemas educativos que catalogan con una normativa cuantitativa y numeral la mente de estudiantes que repiten circularmente lo que otros en el pasado ya han repetido.





Este film es una invitación a reflexionar sobre lo que es bien visto para la sociedad y lo que en realidad es correcto. Como nuestro afán de colectividad nos avoca a seguir ideales que crean un marasmo somnoliente como el de la Alemania nazi (donde la sociedad civil no nazi nunca se manifestó ante la barbarie y el holocausto judío), o el de este país que padece por la fragilidad de su memoria. Una reflexión que invita a mirar más allá de lo que los otros nos quieren mostrar como realidad y palparla desde una objetividad valiente que derribe aquella frase lesiva: “el fin justifica los medios”.