lunes, 26 de diciembre de 2011

NAVIDAD, TENER O SENTIR?


En estos días de renos, regalos, muñequitos de trapo, arboles sintéticos decorados con bolitas de colores, natilla, buñuelos y reencuentro familiar, son en los cuales las reflexiones, los balances, los recuerdos y las nostalgias, invaden nuestros corazones, o por lo menos, y para no herir la susceptibilidad de los pecho fríos e insensibles, mi corazón. Navidad es una época que bifurca mi criterio, entre dos polos opuestos en los cuales se alternan entre odios y amores dentro de un contexto irregular verde y rojo con olor a pavo relleno de verduras y salsa agridulce.



La navidad me gusta y me disgusta. No me gusta porque quiera ser un “Grinch”, un amargado retraído, un asocial, un ermitaño alérgico al rose interpersonal o Scrooge el personaje del cuento de Charles Dickens que se ufanaba de su amargura y egoísmo, hasta que los fantasmas de su pasado, su presente y su futuro lo atormentaron. No. De hecho son miles de recuerdos bonitos los que enmarcan esta época del año en mí. Recuerdos que llegan con buenas dosis de nostalgia pero también de alegría, de días de risas, bicicletas nuevas y reunión familiar.



Recuerdo con alegría la pólvora en el cielo, el olor de la comida hecha en casa para darle a las eventuales visitas de los vecinos que se acercaban a dar un abrazo por la llegada de un niño al que le impusieron el mando de Dios. Recuerdo el árbol lleno de luces y la familia en la casa de abuelita adornando con cajas de colores la inmensa sala que teníamos el placer de disfrutar con la compañía de los que más queremos y que en estas fechas más recordamos. Recuerdo cada beso, cada abrazo de todos y cada uno de mis familiares. De los que aun están en este valle de lagrimas y alegrías sutiles, y de los que ya no están por la distancia por la distancia que delimitan las fronteras o porque se fueron al cielo, para vernos desde las nubes.



Estos son los momentos que se atesoran y que de una manera u otra se hacen más palpables en esta época de sentimientos encontrados. Mi único problema con estas fechas es que ya casi no son eso que vi con mis propios ojos desde el cuerpo de un niño y con el leve velo de la inocencia y la sencillez. No me gusta que ya no sea una fecha para llenar nuestros corazones sino que sea una fecha y/o excusa perfecta para colapsar los centros comerciales y dejar vacías las tarjetas de crédito. Me impresiona como todo el mundo se convulsiona desde noviembre, creando una demencia masiva, en la cual se compran cosas que no se necesitan, para personas que en la mayoría de los casos, ni se valoran. Una demencia que arrasa los bolsillos de los más pobres (los que mas gastan), para llenar los bolsillos de los ricos (los que más ganan en esta época vendiéndoles a los pobres productos de pésima calidad a precios elevados, previa y descaradamente). Me impresiona como la gente se desespera, se estresa, se agota y hasta se endeuda con el único fin de estrenar una prenda o regalar algo especifico, solo porque los medios de comunicación los bombardearon con propagandas de gente supuestamente feliz (haciendo hincapié en lo miserable que eres si no se compra determinado producto), con la mentira de que tener es ser, y que en base a esa teoría demencial, si no tienes, no eres feliz.



No puedo negar que me gusten los regalos y que gracias a Dios en la noche de ayer recibiera unos buenos y bonitos por parte de las personas que me tienen dentro de sus afectos. No puedo negar que un presente, un detalle o un beneficio no alegre el día, o como ayer, la noche. Tampoco pretendo que el mercado colapse y que ser tacaño (ODIO LA GENTE TACAÑA, PORQUE EL QUE ES TACAÑO, ES TACAÑO CON TODO, HASTA EN EL SEXO) o egoísta (los odio aun mas), sea la regla a seguir. Por supuesto que no. Solamente que no me parece que lo material sea la elección que escojamos para llenar nuestros vacios y que esta fecha sea la única para encontrarnos con los nuestros y cumplir con nuestra cuota anual de bondad, desinterés y amor para los nuestros. Navidad para mi es más que una factura, un balance financiero positivo en la economía que patenta el capitalismo salvaje en un esquema Darwiniano, donde solo los más aptos y fuertes (los ricos), prosperan, se educan y son felices y los menos aptos (la agónica clase media y la prominente y en expansión clase baja), trabajan más de cuarenta horas semanales con una seguridad social e inclusión laboral decadente para salir a comprar cosas que aumente aun más la brecha social entre los fuertes y los débiles en un esquema circular, vicioso y sesgado al cual se adhieren miles de millones de alienados. Qué triste es eso…



Navidad es para mí la época de la esperanza, de mirar mas allá de nuestro egoísmo enfermo que tanto nos caracteriza, de ser esos niños buenos y amables que éramos y que no distinguíamos si el que está en frente viste un Armani, un Hugo Boss, si tenía determinado color o estirpe étnica, religiosa, política, racial o para entrar a determinado sitio necesitábamos declarar que tenemos y no que somos. Navidad es mirar mas allá de nuestros intereses, de nuestro poder de adquisición, de nuestra estúpida concepción de que la acumulación de capital es la una forma de ser feliz. Navidad es saber disfrutar de las cosas sencillas como un abrazo, un beso, un “te quiero”, un “te amo”, un “me haces mucha falta”, un “que rico es estar contigo”. Navidad son esas cosas que nos hace humanos y que no nos cuesta necesariamente dinero, esas cosas que nos forma en lo que somos y no necesariamente en lo que tenemos, haciendo que el mundo sea un lugar más amable y que sustente nuestras emociones y sentimientos. Por ello y de todo corazón para las personas que amablemente toman unos minutos de su tiempo para leer esta introspección proyectada
de mi vida y las facetas que asumo en la misma:



FELIZ NAVIDAD!

viernes, 16 de diciembre de 2011

LLUVIA Y SOL PICANTE


Hay momentos en la vida de uno que se demarcan por las buenas o malas obras que deriven de los actos. Hay momentos en los que uno se asoma por la ventana de los hechos que han pasado y que desde un lado ciego, oscuro, casi tenebroso, rotulan detalladamente los desenfrenos y los abusos que a veces cometemos con nuestras propias humanidades. Hay momentos en los que los paisajes de colores y las buenas nuevas, se ven limitadas por las absortas viscerales y frenteras realidades que coartan las risas, los sueños y los pasteles de manzana en la ventana de algún vecino.

Hay días como los de hoy en los que se conjugan los logros que se obtienen, con el saber que tu vida paso de una improvisación literal y diaria, a un espectáculo predeterminado por las tarjetas, lo que se debe o no hacer y los estereotipos sociales que te dicen que, si eres exitoso te vistes así, si eres un fracasado así, en una esquematización etérea, que solo sirve para encasillarnos en una molde que la sociedad de consumo (donde tú no vales nada) que solo se enfoca en la imagen y no en el contenido.

No soy un marxista que sale los primeros de mayo a gritar arengas en pro del obrero y en contra de la opresión de los burgueses a los derechos sindicales fundamentados constitucionalmente. No. Definitivamente no. Pero si me cuesta entender en esta fase de mi vida que lo que soy no es lo que más vale y que el mundo se mueve a un ritmo diferente al mío. Me cuesta entender que tengo que ponerme una corbata y mostrar una fachada intachable, para poder resguardar todas las porquerías que se deben hacer en ocasiones para triunfar.

Me cuesta entender que media vida la tengo que dar en una oficina para tener una esposa hermosa, una casa linda, un carro de ultimo año y una cuenta que tenga más cifras que la deuda externa de mi país. Me cuesta entender que por crecer debemos pagar el precio de no poder saborear las cosas sencillas, sentirse a gusto con las alegrías sutiles y poder disfrutar de un rato de ingenuidad. Me cuesta entender a veces que todos debemos crecer y que ahora entiendo porque mi papa me decía que no criticara su seriedad y su estrés, que cuando creciera lo iba a entender, y lastimosamente, un día lleno de grises, lloviznas pasajeras y soles picantes, lo entiendo porque sin darme cuenta, crecí.