Un vaso que siempre se llena y se vacía, un cigarrillo que a bocanadas se va extinguiendo y vidas amorfas
que se compactan unas a otras y se adhieren entre si como plastilina de colores
que en su combinación desorganizada va creando un gris desagradable que no dice
ni emite nada. Las luces arremeten entre vocablos indescifrables y frases volátiles
que se van desglosando a medidas insanas de tiempo que se va endulzando al son del
tic y del tac.
Tic, tac. Dos palabras, dos sonidos insulsos que se repiten
eternamente dentro de un tiempo que se expande como un cáncer asesino que devora
y hace metástasis. Un cáncer que devora vidas, momentos, amores y soledades. Un
cáncer que devora lo que ve a su alrededor disfrazado de esperanza y que
fomenta con la ilusión infame las ansias de perpetuidad que labramos en
castillos de arena los humanos. Nos aferramos a eso, al ahora y desde allí labramos
futuros que se sostienen con anhelos frágiles e imposibles. Creamos cielos,
infiernos, karmas, vidas eternas y posteridad espiritual por la desesperación que
surge de la voz interna que en cada momento nos advierte que solo somos un viento ligero y pasajero que se posa
momentáneamente en la duna de lo real y palpable, para paulatinamente, y en
cada tic tac del tiempo acérrimo desaparecer.
Somos eso. Un compendio de desesperaciones que siguen
espejismos donde supuestamente somos engranajes indispensables dentro de la
maquinaria que mueve el universo. Somos mitómanos natos con ínfulas de
superioridad que por el hecho de levantarnos
a las cinco de la mañana, pensamos que tenemos el control del entorno, cuando
en el fondo de nuestra memoria sabemos que cualquier percance, cualquier cáncer, cualquier
intempestiva aparición de la rubia muerte nos fulmina para siempre, dejándonos a
merced del olvido. Ese que acaba con imágenes, soledades y monumentos. Ese que
arrasa con cualquier rostro o imagen colosal que hayamos labrado en la arena
movediza de la historia.
Somos nómadas frenéticos y sin rumbo que van escapando del
dogma irrefutable de la transitoriedad espontánea que da el existir y en ello radica nuestro
desconcierto, nuestra duda, nuestra desazón y nuestras inclinación natural a
preguntarnos quienes somos y porque carajos estamos acá. Por esto es que el
tiempo puede ser paciente. Puede esperar y designa al tic y al tac para ser el
juez de nuestros pasos. Por eso es que
esta tragedia anunciada llamada vida nos aboca a hacernos creer en una vida
eterna, en un cielo lleno de ángeles etéreos, en un infierno lleno de barbacoas
y candela y en un fin sin fin. La muerte es eso. La certeza de que somos
llamaradas fugaces en el escenario para actuar como ambientación en la pieza
teatral de la evolución en el escenario que proporciona la historia para
nosotros en un papel que ganamos entre millones cuando solo éramos un manojo
celular que en algún momento alguien denomino como espermatozoide. Un tic y un
tac. Eso somos.

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