sábado, 4 de enero de 2014

ADIOS LULÚ



 






































Las despedidas se van acumulando y con cada una se va extirpando un poco del alma, un poco de eso que nos compone, un poco de nuestra vida, un poco de lo que fundamenta nuestro ser. He tenido muchas, de las cuales,  hace ya un buen tiempo tuve una muy dura, la de mi abuelita paterna. Una mujer que me dio lo mejor de sí siempre con una sonrisa en la boca, una mujer que me amo como nadie más me amo. Una despedida que se llevó gran parte de lo que era y que por momentos fue dolorosa e intratable.  Hoy también tengo que despedirme. Hoy la muerte asolapada vuelve a asomarse, para rebanar un poco más de mí y mutilar otra parte de lo que pueda quedar de mí. Hoy se va lulú, una perrita french poodle, de tan solo diez mesecitos  que no le pudo ganar la batalla a una enfermedad terminal que la llevo de jugar alegremente, dar besitos, ladrar como loca cuando un extraño llegaba a casa, batir la cola y correr alegremente siempre, a estar postrada de un momento a otro en una cama canina o en los brazos de mi sollozante y triste madre. 





Despedirse es duro y de las personas también (porque no hay muerto malo será), pero con el pasar del tiempo  esa generalidad beatifica absoluta, pasa por un juicio objetivo más específico y hace ver que esos que tanto lloramos en su momento, esas personas pulcras e intachables, también tenían sus desaciertos y errores. Tenían sus fallas, sus defectos y en fin, todo lo que se desprende de la propia condición humana. Una estirpe de por si mal hecha desde un principio por la creación. Lo duro es cuando la despedida es con un animalito. Es más difícil. Porque ellos por naturaleza son leales, nobles, amorosos y fieles. Porque ellos si uno llega veinte veces a la casa, veinte veces lo saludan con amor y alegría. Porque cada gesto de cariño es genuino y lleno de amor sin hipocresías humanas, adulaciones o dobles intenciones.  El amor de los animales es  más noble y puro que el de nosotros los humanos, porque nace de las entrañas del instinto y no está viciado de conductas viles, mezquinas y humanas.





Hasta pronto lulú hermosa, que la creación  te compense la alegría y la ternura que nos brindaste y que dios te lleve al cielo de los perritos, donde de seguro te esperaran entre prados y galletas deliciosas, mientras nosotros con un nudo en el corazón y lágrimas tristes y lentas te despedimos y te enviamos un infinito: gracias por todo.

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