La cotidianidad cimienta sobre nuestras existencias barrotes
inmensos sobre las canteras de nuestros miedos, nuestras verdades a medias y nuestras inseguridades
mas latentes. Nos acostumbramos a ciertas conductas buenas y malas con
regularidad adoptando posturas toscas, ciegas y vagas sobre lo que esta vista unidimensional, de un
universo de posibilidades llamado vida. Se
forjan metas, ideales, fines y medios para comprar sueños fotocopiados, donde
hay una casa grande, un carro de último año en el garaje, una esposa rubia esperando sonriente con un whisky en la mano y un perro
pequeño que haga escándalo y se alegre por nuestra llegada. Sueños maquinizados
y hechos en serie para autómatas que se contentan con lo poco que les puede limosnear el
capitalismo compulsivo y enfermo que dirige las cuerdas de la marioneta con la que dirige el penoso drama del
apocalipsis actual.
Acostumbro a hablar mucho o muy poco. Soy de ese tipo de extremos. Hablando con las
miles personas que he visto en mi vida,
me he encontrado con que tal vez ni mi vida, ni la de nadie, es tan autentica,
ni tan única como uno pensaría. Todos somos parásitos programados para estar en
torno a un inmenso motor llamado dinero. Somos bacterias aferradas a la idea
de que debemos hacer lo que sea con tal
de tenerlo, así sepamos, que eso, el dinero, no es más que papeles con colores
y hologramas de seguridad creados por
sujetos que consideraron que el alma era mejor vendérsela al diablo y que la
idea de compartir o de valorar que es
mejor ser, que tener, era insoportable e inaudita.
Hablo con los demás y
veo que así jamás me hayan visto en su vida, quieren lo mismo. Quieren el auto,
la casa, la esposa, la familia, las vacaciones al mar y la pensión que acredite
la irrisoria contraprestación al esfuerzo de una larga esclavitud remunerada. Esos
sueños fotocopiados que chocan con nuestras expectativas infantiles, en las que
podíamos ser bomberos, policías (que vergüenza con todos ustedes), pilotos de avión,
superhéroes o hasta astronautas, sin tener en cuenta el hecho de haber nacido en un país del
tercer mundo, lleno de corrupción,
contradictor acérrimo de la educación y la cultura y con una malversación
de fondos, que algún día lo terminará de hundir. Una diluida y espesa bola de
nieve, que nos permite la efímera ilusión de aparentemente tener libertades y
la posibilidad de sueños, mientras la sistematización existencial, nos induce al
canibalismo de nuestro tiempo, por espejismos de trascendencia, austero éxito y
superdesarrollo del enfermizo ego.
Esta es una opinión más de esto que solo evado cuando leo más allá de lo que todos
consumen y hago esas cosas que me permiten placeres pequeños, como lo es en
este momento escribir. Una opinión de un individuo más que comparte sueños,
anhelos y proyectos fotocopiados. Esta es mi fugaz libertad que me proveo
cuando decido sin querer alejarme del rebaño y plasmar en letras lo que me
inquieta. Un momento de libertad que con todo mi corazón espero sea reciproco
estimado lector.






