Imagino una vida y la voy labrando con mis propias manos, en
una labor ardua, llena de convicciones, esfuerzos, metas, objetivos vanos y
levantadas a las cinco de la mañana para llegar puntual a esas mil citas que están
en el derrotero de las obligaciones vacías, matutinas y llenas de pilas de
papeles por revisar. Corro como un hámster en círculos viciosos y vitales, donde
cumplo horarios lacerantes, saludo de cierto modo, voy a determinados sitios,
visto de cierta manera y pienso dependiendo de la ocasión, el interlocutor o mi
propia mojigatería. Soy parte de una masa maquinizada que forma parte de una
bestia consumista.
Soy consciente de ello y por eso me embriago hasta vomitar
mis entrañas. Por eso mismo compro cosas inútiles y añoro vidas que una
propaganda, un reality gringo, un noticiero viciado por el poder, o un magazín de productos etéreos o cuchillos
afilados de un domingo quebrado cualquiera y que imposto como desmembrada
felicidad. Trabajo como una maquina loca, aro la tierra (esa misma que
me sepultara cuando sea un despojo), creo paginas y paginas de escritos vagos,
creo universos paralelos donde la gente no es tan mala como parece y donde las
alcachofas (esa gente verde, mierda y mala), tienen corazón con tal de perpetuar
mis soledades, mis pasos en falso y el balance positivo de mis cuentas en la central de riesgo financiero.
Me siento mal, tengo nauseas. No sé en qué momento me convertí
en esto. Y crece mi mareo al ver que
estoy rodeado por más seres autómatas que pasan a ser piñones, tuercas,
tornillos, pinzas y mas partes del engranaje inmenso en el que nos hemos
convertido sin darnos cuenta. Dejando pasar lo único real que este inmenso
lapso promueve. La vida. Esa que se va en ilusiones flojas y sueños leves que
se caen por el peso de la poca o nula trascendencia.
Hoy escribo esto porque me siento un piñón suelto, un piñón
aburrido, lucido y carente de eso tan detestable que unos llaman “sentido común”
o la “conciencia colectiva”, algo así. Así
de enfermo. Hoy soy un paria que no toma un rifle para disparar cosas (la idea
del rifle es tentadora), un desplazado de mi mismo, que se revela de querer
estar en un modelo famélico de éxito sin
sentido en el que se evaporan los sueños
y en el que se cosecha alienación por doquier. Un pirata visco que se le revela
al mar y se le enfrenta en plena tormenta, para pescar truchas moradas y
delfines amarillos. Un ser humano más que por medio de estas letras se expresa
y que en cada frase va sacando ese mal. Un mal que nos convierte en esto que
lastimosamente nos hemos convertido: un lastre harapiento de vidas vacías que se
perfuman con Carolina Herrera y que se pudren por dentro.

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