
En los últimos años el mundo se a desbordado en teorías, planteamientos y proyecciones de lo que será el destino de nuestro planeta y las vidas que este mismo alberga. El mundo se ha remontado a miles de profecías paganas y religiosamente edificadas, para resolver los misterios de la inevitable decadencia que nuestra madre tierra padece. Desde las más famosas como las mayas, en las que hasta fecha tienen de nuestro fin, hasta las de Nostradamus, en las cuales por medio de palabras conexas y determinadas, buscamos dar un enfoque a lo que en nuestros días venideros se ha de avocar. Todos decimos equívocamente en palabras retoricas y de gran oratoria, que el mundo se va acabar. Y no. El mundo no se acaba, lo que nos vamos a acabar somos nosotros y punto.
El mundo si se condensa como lo que ha de acabarse, se debe analizar como un entorno inhóspito, que desde sus inicios ha estado lleno de cataclismos de proporciones épicas y de cambios climáticos radicales que han formado en conjunto con toda las fuerzas naturales, el milagro que todos en este momento vemos amenazado llamado vida. Para mí el problema nace de la concepción errónea que tenemos los seres humanos sobre nuestra posición y rol en el universo, llenando de ideas absurdas y sobredimensionando lo que realmente somos en un espacio tan vasto como lo es el infinito.
Los seres humanos somos en sí, una estirpe que ha evolucionado consiguiendo y llegando a resultados magníficos en lo que respecta a la evolución genética, intelectual, social y cultural. Somos capaces de desarrollar los más variados espacios, desarrollando innovaciones que hacen del medio que nos rodea, un sitio más amable para vivir creando medios como el fuego, la rueda, la imprenta, el genoma humano etc, etc, etc. Somos capaces de eso y mucho mas, tanto que hasta somos capaces de crear medios masivos de destrucción, industrias que colapsan el equilibrio del ambiente y esquemas económicos enfermizos que nos hacen consumir mil veces más de lo que podemos si quiera ostentar en el cada vez más corto lapso que suelen durar nuestras vidas. Somos así, una plaga de más de seis mil millones de habitantes que poco a poco se va devorando sin pensar el mundo que se nos permitió disfrutar y que en este momento colapsa, en una lógica que solo un castillo de cartas puede explicar.
Lo peor no es esto, de hecho la verdad ni siquiera para ser realmente sincero me importa, porque soy consciente de que este sueño que empiece cuando nací pronto acabara y no aspiro, ni creo vivir más de cuarenta años, cuando realmente no haya reversa, cuando ya nadie pueda parar esa bola de nieve que creó la revolución industrial y su enfermo y consecutivo consumismo salvaje e irracional. Lo peor no esto y es a lo que debo llevar esta reflexión que me parece está arraigada a lo que más daño le hace al ser humano: el ego. Si, el ego. Ese que dicta que somos la raza más fuerte, cuando en realidad no somos más que la especie más débil que hay. Cuando somos de las mas frágiles estirpes que haya sobre la tierra aun cuando nos ufanemos de nuestra capacidad de raciocinio, poco utilizado para crear, y bien comercializado para destruir.aun cuando creamos que somos los únicos en todo el universo y aun cuando creemos que la sabiduría del cosmos la alberga nuestra torpe y cerrada mente.
El mundo y la vida en si son una analogía de lo que es la materia en las leyes físicas: un elemento que nunca se destruye o se elimina, simplemente se transforma. Estamos desesperados por decir que el mundo se va a acabar, cuando en realidad los que estamos llegando a su fin somos nosotros, cuando los únicos que no van a aguantar los cambios que hace nuestro ecosistema por desplazarnos somos nosotros. El mundo y en si la naturaleza, son consientes de una sola cosa y no vacila en ningún instante para eliminar lo que interfiere su ciclo normal: nosotros. La vida en el planeta no acabara, para ello están los microorganismos, las bacterias, los átomos y demás que han sido entrenados desde el big bang, desde tiempos arcaicos llenos de azufre y toxinas y ahora con el humo de las fabricas que indolentes envían sus gases metano, su dióxido de carbono y todo el odio que el mercado les invita a botar por sus fauces.
Es estúpido pensar que un mundo se acaba solo porque nosotros ya no formemos parte de él, pero si es triste pensar que nuestro Dios (como lo llamo yo), el arquitecto universal o como lo quieran llamar, nos doto de la capacidad de pensar, reflexionar, analizar y corregir y no lo hemos hecho. Es triste pensar que la vida de los más pobres será peor y que la de los más ricos siempre estará en los estándares que elija la mercancía de turno, el postor que más oferte y el fin que más se avecine. Es solo una reflexión como dije, muy personal y que solo me atañe a mí. Una reflexión tal vez fatalista y negativa, pero quien le apostaría a la buena voluntad de la humanidad?, por lo menos yo, no. Una reflexión de alguien que seguramente no va a vivir para contar lo que pasara en los días venideros, pero que por ahora antes de votar la basura, la separa, la recicla e intenta arrojar la menor cantidad de basura a la calle. No es mucho, pero es algo. Ojala sirva.











