Muchas veces he sentido curiosidad por esos tipos de
personas que se reúnen para hacer yoga, son miembros activos de grupos de
lectura o se unen con gente “igual” de gustos similares para jugar partidas de
rol o estudiar plácidamente. Esos que salen a hacer compras en compañía, se
llaman todos los días y tienen más amigos que Mark Zukenberg. Esas personas que
siempre van bien peinaditas, con el vestido justo, el tono de voz adecuado y
que viven el día a día sin emociones escandalosas o sorpresas desagradables. Esa
gente que no camina sino que levita y que tienen a la orden una cofradía de
seguidores que los toma como eje gravitacional de emociones, secretos y
complejas idealizaciones.
Esos que han sido
elegidos para izar banderas, ganar becas, casarse a los veinte años con el amor
de su vida y que nunca se equivocan. He conocido mucha gente así. Gente que
brilla por un aura especial que gira
entorno a ellos y los hace de ciertos modos únicos e irrepetibles (en teoría). Son
esas chicas y chicos buenas y buenos que se pueden presentar a mis padres para
ganar puntos y generar un telón donde puedan pensar que no todo está mal, en mi remendada existencia.
Aun así los evito. Me aburren. Me dan ganas de vomitar. Procuro
evitarlos y por lo general me molestan, intimidan o me instan a realizar juicios y
marcos teóricos sobre su auténtica alienación e imbecilidad. Por eso creo que
siempre fui de los que se sentaron al final de la fila. Con los excluidos. Los que no les importa el promedio, ni la opinión
de los maestros y mucho menos lo que nuestros papas pensaran o dejaran de
pensar. Siempre fui parte de esa arista
emergente que no se acoge con agrado a las reglas y procura truncarlas. Jamás me
acomode a ser uno más del voluble y decadente nicho de mercado de las masas ni
de los inventarios racionales empacados
al vacío.
Para mi este tipo de personas son producto de un sistema
educativo mediocre en el cual se tabulan las personas con números, y estos, los
conformes, se matan por una miserable galleta. Un sistema educativo que
domestica mentes de crispeta de maíz con pictogramas numéricos, en donde cinco es un genio y uno un retrasado
mental. Una lógica absurda donde nunca he
podido encajar (menos mal) y de la cual soy algo así como un paria social, con
una enfermedad peligrosa: LA REBELDIA. Por esto mismo creo yo que en mi vida académica
jamás he estudiado, jamás he tenido la capacidad de una autentica disciplina
para memorizar frases, contextos, ecuaciones aritméticas (odio las matemáticas)
o cualquier cosa que un loro pueda repetir.
Soy una persona demasiado dispersa como para fijarme en un solo punto por un
tiempo prolongado. Tampoco soy de las personas
que congenia con los grupos de danza, deportes, partidistas de izquierda o
derecha y menos con los que dieran un rango, por ejemplo: “representante
estudiantil”, vocero etc. etc. etc. Todo esto me parece una involución del
sapo, del lambón o del lagarto de las curules. Una desviación evolutiva
decadente del auténtico lambesuelas.
Por eso, si usted es así y le gusta bifurcar de manera
grupal sus cosas, lo siento. Pero yo no puedo. Lo mío es estar solo y reírme
por pendejadas, llevar la contraria e intentar pensar diferente en esta
complejidad inoperante llamada vida es lo mío. Mi vocación es cagarla y de ese
modo ser feliz.