viernes, 28 de diciembre de 2012

EL MERCADO DEL USADO






En un mundo polucionado por el smock del humo “exostivo”, y  fluctuado de matices grises que mitigan y hacen mella en una cada vez más famélica capa de ozono, es casi natural hacer ejemplos comparativos de esta naturaleza motora, con la condición humana y todas las variantes que derivan de ella.  Vivimos tiempos de cáncer de pulmón, anuncios amarillistas en las cajetillas de cigarrillos y un mercado sobredimensionado y consumista, en el cual con tan solo un documento de identidad, se puede obtener un auto.




Hace poco fui a un concesionario a mirar una de estas posibilidades comerciales, con el fin de cimentar el deseo de adquirir un auto que me permita cierto confort, dentro de un esquema de vida saturado de buses llenos de ladrones, un sistema masivo siempre lleno y paseos millonarios cada vez más frecuentes en los taxis de la ciudad. Buscaba algo de cuatro llantas, de color rojo (por mi afición a SANTA FE), que le permitiera a mi humanidad movilizarse más cómodamente dentro de una jungla de cemento lacerada por los huecos, colapsos de tráfico, infraestructura vial decadente y medidas inoperantes como el pico y placa.





Buscaba algo de comodidad motriz que me permitiera esos caprichos luchados de la clase media promedio, que el domingo  sale de la ciudad a comer con el aroma propio de la leña, el campo y la tranquilidad. Que sale en busca de escape del mundanal ruido y la convulsionada vida urbana de una ciudad cada vez más titánica como lo es mi hermosa Bogotá.  Dentro del abanico de posibilidades, mi presupuesto de un empleado profesional promedio se vio relegado de la gama alta llena de mercedes, bmw, jaguar etc, a la gama media de kia, Hyundai y Renault a la baja llena de Chevrolet,  y de esta al mercado del usado.





Mirando las variables opciones mercantiles, vino a mi cabeza la analogía de esta situación, con nuestra misma naturaleza en las relaciones sentimentales. Creo que somos como los autos. Algunos feos, otros eficientes, otros caros, otros asequibles, otros confiables y en la mayoría de los casos (por no decir en todos), usados. Salimos del concesionario de la vida, listos para andar. Cero kilómetros. Provistos de la carrocería que nos hayan labrado los genes, labrados con la tapicería de nuestros valores, cimentados en el motor de nuestro espíritu y rodantes por ese don o castigo que nos provee la vida y esas fuerzas universales que nos ponen en el camino de la existencia hacia un trazo que algún día tendrá fin.





Salimos del concesionario materno con los bríos de las hormonas y nos enamoramos de nuestro primer usuario. Ese que nos pone a galopar sobre nubes y nos embiste de frívolas fantasías. Ese que en la mayor parte de las veces nos hace palpitar el corazón a mil por hora y que al final de un extenso y vertiginoso recorrido, nos deja con las averías propias de un mal uso y con las magulladuras de toda índole. Tanto superficiales como sustanciales. De esas que duelen tanto. Es en ese momento en el que nos hayamos en el mercado del usado. Pasamos de  ser un producto libre de prejuicios  e inocentes a seres precavidos y llenos de preceptos, que nos obligan a hacer prevalecer el instinto de conservación sobre la capacidad de querer y  permitir ser queridos. Un mercado volátil y cíclico que nos termina haciendo cada vez más escépticos, cínicos, egoístas y mezquinos. Que nos termina alejando hasta de nosotros mismos.  un círculo vicioso que se repite  cuando asumimos nuestro rol de pilotos nobles de buenas intenciones  y nos encontramos  con muros de contención constantes y frenos de mano que desmotivan algo tan frágil y difícil de edificar como lo es la constancia y la capacidad de perseverancia.





 Así somos. Cacharritos usados  que van por el camino de la vida, algunos en línea recta y  otros de lado a lado según la ocasión. Al fin mire y mire  y en una calle del barrio Niza en el norte de Bogotá halle un Fiat 750 que aunque sin motor y con las ruedas  pinchadas, me define  y creo sin lugar a dudas, sería mi carro ideal.

martes, 11 de diciembre de 2012

ESCRIBIR



Poner en letras las cosas que se alojan en la cabeza, no siempre es fácil. Muchas veces la musa de la inspiración se haya perdida en los laberintos que se demarcan en las literales y palpables ondas cerebrales.  Escribir es un acto solitario por medio del cual se expulsan las entrañas de lo que  que se ha condensado por años. Las entrañas llenas de frustración, alegrías, izadas de bandera, muertes, balances positivos y sueños truncados.  Expulsar esos demonios que dañan y hacer catarsis física de los abismales vacíos o fortalezas que se tengan. Escribir es retratar en el lienzo de la literatura las vivencias, opiniones y esencias del alma que los dioses mundanos nos dieron.  Se escribe por pura desesperación.






Se escribe en busca de la inmortalidad, en busca de la trascendencia en un mundo que en cualquier momento nos borrara del mapa. Se escribe en busca de ser algo más, que ese diáfano y estúpido: “ser alguien en la vida”. Se escribe para no morir o por lo menos para hacerlo con cierto estilo, entre nómadas que solo utilizan su cabeza para funciones básicas y fisiológicas como follar, cagar o alimentarse.  A veces (y aun sintiéndome una mierda), los envidio. Creo que sería más fácil una vida preocupándome por maricadas y contentándome con cosas aún más turbias y estúpidas. Escribir es una salida y un abismo a la vez, porque se es esclavo de lo que se dice y más cuando lo que se dice se documenta.






Hoy es un día de esos donde casi no encuentro las palabras, pero las pocas que logro conexar,  me sirven para sacar tantas verdades que a veces me omito a mí mismo. Escribir tal vez para muchos no sea más que una labor intelectual común. Lo sé, pero para mí a veces lo es todo y más cuando uno debe purgar constantemente una cabeza que todo el tiempo da vueltas y que se estrella con mil realidades. Debe ser el cansancio, la fatiga, la falta de sueño, el exceso de muchas cosas nocivas o simplemente ese existencialismo hijo de puta del cual se llenan mis días a veces. No sé. Creo que moriré sin saberlo. Pero solo tengo algo en claro: esto, escribir, le quita balas a mi pistola. Le da vida a este sinsabor tan desesperante que vivo día a día…