En un mundo polucionado por el smock del humo “exostivo”, y fluctuado de matices grises que mitigan y
hacen mella en una cada vez más famélica capa de ozono, es casi natural hacer
ejemplos comparativos de esta naturaleza motora, con la condición humana y
todas las variantes que derivan de ella.
Vivimos tiempos de cáncer de pulmón, anuncios amarillistas en las
cajetillas de cigarrillos y un mercado sobredimensionado y consumista, en el
cual con tan solo un documento de identidad, se puede obtener un auto.
Hace poco fui a un concesionario a mirar una de estas posibilidades
comerciales, con el fin de cimentar el deseo de adquirir un auto que me permita
cierto confort, dentro de un esquema de vida saturado de buses llenos de
ladrones, un sistema masivo siempre lleno y paseos millonarios cada vez más
frecuentes en los taxis de la ciudad. Buscaba algo de cuatro llantas, de color
rojo (por mi afición a SANTA FE), que le permitiera a mi humanidad movilizarse más
cómodamente dentro de una jungla de cemento lacerada por los huecos, colapsos
de tráfico, infraestructura vial decadente y medidas inoperantes como el pico y
placa.
Buscaba algo de comodidad motriz que me permitiera esos
caprichos luchados de la clase media promedio, que el domingo sale de la ciudad a comer con el aroma propio
de la leña, el campo y la tranquilidad. Que sale en busca de escape del
mundanal ruido y la convulsionada vida urbana de una ciudad cada vez más titánica
como lo es mi hermosa Bogotá. Dentro del
abanico de posibilidades, mi presupuesto de un empleado profesional promedio se
vio relegado de la gama alta llena de mercedes, bmw, jaguar etc, a la gama
media de kia, Hyundai y Renault a la baja llena de Chevrolet, y de esta al mercado del usado.
Mirando las variables opciones mercantiles, vino a mi cabeza
la analogía de esta situación, con nuestra misma naturaleza en las relaciones
sentimentales. Creo que somos como los autos. Algunos feos, otros eficientes,
otros caros, otros asequibles, otros confiables y en la mayoría de los casos
(por no decir en todos), usados. Salimos del concesionario de la vida, listos
para andar. Cero kilómetros. Provistos de la carrocería que nos hayan labrado
los genes, labrados con la tapicería de nuestros valores, cimentados en el
motor de nuestro espíritu y rodantes por ese don o castigo que nos provee la
vida y esas fuerzas universales que nos ponen en el camino de la existencia hacia
un trazo que algún día tendrá fin.
Salimos del concesionario materno con los bríos de las
hormonas y nos enamoramos de nuestro primer usuario. Ese que nos pone a galopar
sobre nubes y nos embiste de frívolas fantasías. Ese que en la mayor parte de
las veces nos hace palpitar el corazón a mil por hora y que al final de un
extenso y vertiginoso recorrido, nos deja con las averías propias de un mal uso
y con las magulladuras de toda índole. Tanto superficiales como sustanciales. De
esas que duelen tanto. Es en ese momento en el que nos hayamos en el mercado
del usado. Pasamos de ser un producto
libre de prejuicios e inocentes a seres
precavidos y llenos de preceptos, que nos obligan a hacer prevalecer el
instinto de conservación sobre la capacidad de querer y permitir ser queridos. Un mercado volátil y cíclico
que nos termina haciendo cada vez más escépticos, cínicos, egoístas y
mezquinos. Que nos termina alejando hasta de nosotros mismos. un círculo vicioso que se repite cuando asumimos nuestro rol de pilotos nobles
de buenas intenciones y nos encontramos con muros de contención constantes y frenos
de mano que desmotivan algo tan frágil y difícil de edificar como lo es la
constancia y la capacidad de perseverancia.
Así somos. Cacharritos
usados que van por el camino de la vida,
algunos en línea recta y otros de lado a
lado según la ocasión. Al fin mire y mire
y en una calle del barrio Niza en el norte de Bogotá halle un Fiat 750 que
aunque sin motor y con las ruedas
pinchadas, me define y creo sin
lugar a dudas, sería mi carro ideal.

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