(Musica: Do The Evolution de Pearl Jam : https://www.youtube.com/watch?v=aDaOgu2CQtI)
Cuando era niño vivía en una casa amplia. Tenía dos plantas. Una en frente de un solo piso y hacia el fondo después de dos salas, dos patios y tres cocinas una edificación de tres plantas. Todavía recuerdo su olor a madera. Un olor a madera y canela que siempre será entrañable para mí, al recordar mis primeros pasos y mis años más felices. Los años que pase junto a mi abuelita. En esta casa había jardines improvisados que mi abuelita y su poca o a veces mucha experiencia en las artes de la jardinería le permitían administrar. Había materas de varios tamaños, colores y una variedad de flores muy bonitas. Rosadas, rojas con manchitas amarillas en los pétalos, azules y otras que eran amarillas, pero muy pequeñas. Había azucenas, eucaliptos, maleza, y entre esa maleza, un hormiguero. Era de forma cónica piramidal, con una estructura en barro hecha pieza por pieza por todo el hormiguero. De allí entraban y salían hormigas, entraban y salían, entraban y salían y así en esa repetida dimensión se trazaba la dinámica central de una sociedad de hormigas matriarcal, centralista y cooperativa (en evidente contraposición con nuestras actitudes poco generosas e indolentes). Tendría tal vez seis o siete años, cuando descubrí esa perspectiva global de una sociedad de insectos. Todos los días les llevaba trozos de alimentos: pan, fruta, algunas migas de pasteles y dulces. Estos últimos eran en la escala de las prioridades, el predilecto de las hormigas. Lo devoraban, lo cargaban, lo llevaban en largas filas de muchas hormigas al nido y allí se metían. Satisfechas por un botín fácil. Me asome muchas veces para ver lo que pasaba allí adentro pero no veía nada. Además me daba miedo acercar mis ojos y que algo o alguien me picara. Ese fue mi mundo por una buena cantidad de tardes. Con sus horas, con mi tiempo. Ver que hacían, como lo hacían, donde lo hacían. Empecé a establecer patrones de conductas en horarios definidos por mi infantil percepción de un componente tan determinante en el flujo universal como lo es el tiempo. Así podía ver la periocidad del ingreso de los alimentos y la salida de las hormigas.
Mi abuelita nos daba algo que los niños de mi época conocen como “medias-nueves” (la hora del té criolla). Consistía en una taza de café caliente, una galleta horneada con punta de chocolate o de pepitas de colores y un queso. Calculo que mi abuelita nos servía las media-nueves a eso de las cuatro, y por cuenta de mi nuevo experimento etnográfico , merendaba en diez minutos cerciorándome de llevar mi ración de migajas para proveer la tropa. Allí salían las hormigas en filas intrínsecas a tomar el alimento y proveer el hormiguero. Era un encuentro. Una comunión. Una perspectiva sobre otra especie, muy distinta a la mía y Con los análisis primarios que permitía mi infancia, me preguntaba: que decían?, que piensan?, piensan?, sienten?, me escuchan?, me entienden? Me preguntaba qué y para que lo hacían, de allí mi intriga por el hormiguero. Imaginaba dentro del hormiguero autopistas de colores vivos y estridentes, transitadas por hormigas conduciendo en un mar de estructuras y edificaciones de barro. Como su exterior. Mi imaginación no podía parar. Era un niño. Creo que pasaron unos dos meses en esa interacción diaria. En esos análisis infantiles que con trabajo de campo había delimitado en mis tardes, después de darle el beso en la mejilla a mi abuelita y decirle que muchas gracias, que estaba muy rico a lo cual ella respondía con esa sonrisa cómplice y llena de amor que solo tienen las abuelitas.
El orden y el caos. Dos fuerzas que determinan y dan forma al mundo y nosotros, los mortales, dormimos entre estos dos opuestos. Nos debatimos entre blanco y negros, fríos y calientes, amores mediocres y pasionales, luz y oscuridad, noche y día, dioses y demonios. Esto lo aprendí a la edad de seis años, cuando después de unas medias-nueves, tuve que buscar a mi abuelita para darle las gracias, y la encontré en el patio arando el hormiguero, porque las hormigas se estaban devorando las flores que mi abuelita sembraba y cuidaba en su jardín. Me quede callado y llore. Llore por mi impotencia ante el argumento y ante la persona que lo exponía. Llore por ser niño y no poder hacer nada con respecto a las decisiones temerarias y dictatoriales de los adultos. Imagine las muertes más horribles y pude observar los estragos que habían precedido a la acción intempestiva de mi abuelita. Tuve un parte de tranquilidad cuando vi que adentro del hormiguero solo había tierra, hormigas asustadas y más tierra. Me sentí aliviado de que no tuviesen una infraestructura representativa o parecida a la que imaginaba. Hubiese sido desastroso. Literal. Mi abuelita siguió “limpiando “su jardín, mientras yo contemplaba el lado inverso a este ejercicio: la destrucción.
Un cuarto de siglo después me encuentro en la misma labor y posición de observador, solo que ahora soy un adulto con muchas variantes nuevas (inseguridades, ansiedades, sueños, anhelos, obligaciones, sentimientos, miedos, experiencias, cuentas por pagar, personas, relaciones, y un sinfín de arandelas adquiridas o reforzadas en el camino). Ya no observo hormigas. Observo periódicos, patrones, estadísticas, tendencias, instintos, alcances y las notables y abominables ambiciones de la gente. Observo documentos, noticieros, cifras , documentales, conferencias, libros, experiencias, Coaching, diálogos densos y ligeros constructivos y demás, que me permiten optar por intentar tener una visión si bien no total, si de manera parcial del infierno que se avecina. Un infierno en el que somos las hormigas y la madre naturaleza protectora saldrá a acudir y salvar a sus flores so pena de la estabilidad y sobrevivencia de nosotros.
Desde la revolución industrial la temperatura de la tierra se ha incrementado y el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero, generados por actividades humanas han deteriorado todo a su paso. Nuestras actividades industriales y por sobre todas las cosas nuestras actividades diarias han destruido el entorno, cimentando este cambio en un insulso concepto de evolución y desarrollo. Con el aumento de la temperatura se derriten los polos, sube el nivel del mar, la agricultura sufre y los alimentos (que ya están con los precios por las nubes), peligran. Un panorama dantesco y probable, por conductas repetitivas, diarias y lesivas. Ahora soy una hormiga. me convertí en una. Vivo con hormigas con sueños y objetivos fotocopiados muy parecidos a los míos (casa, carro, beca, relación estable, niños, proyectos, viajes a destinos símiles, teléfonos inteligentes, implantes, gimnasio y demás). También como en el mundo de las hormigas, mi mundo tiene diferentes clases y versiones de personas. En este orden de ideas el nivel de “importancia” cambia de uno a otro. Somos una mas de muchas hormigas que destruimos todo a nuestro alrededor, sin darnos cuenta de que ya nos atrevimos a desestabilizar el orden siendo simples hormigas. Nuestro ego nos ha eclipsado sin que por ello nos concienciemos desde ya sobre cada acción individual (reciclar, separar las basuras, reutilizar, cerrar la llave mientras no se utilice, reciclar agua, fortalecer y preservar las fuentes hídricas, no pedir pitillo etc ,etc), que pueda parar todo. Somos hormigas, las hormigas que han hecho de este jardin un caos y por ello recibimos las consecuencias de lo que damos (como todo en la vida, como en el justo Karma), somos los que se consumen las flores y debemos desaparecer...

