viernes, 11 de noviembre de 2016

HORMIGAS














(Musica: Do The Evolution  de Pearl Jam : https://www.youtube.com/watch?v=aDaOgu2CQtI)



La mente, nuestra mente, como herramienta fundamental en la búsqueda de la sabiduría y el desarrollo conceptual, en un mundo de posiciones y planteamientos diversos. Unos más radicales que otros. Unos muy siniestros,  y otros muy lúcidos. Múltiples formas y criterios sobre lo que todos al unísono contextualizamos como realidad. Un esquema inquietante que se solidifica con la aprehensión primaria que recibimos de nuestros padres y que cada vez que subimos en el escalafón académico, amoldamos según nuestras necesidades, aspiraciones o ambiciones. El mundo de cada uno es distinto, es una metáfora individual que se cohesiona con más de ocho mil millones de metáforas similares o distintas, de individuos que conforman la estirpe humana. Ocho mil millones de conceptos (todos válidos al ser cada uno protagonista  de cada vivencia), muchos conceptos, muchas mentiras y verdades que se controvierten y difuminan, a medida de que cada voz se va callando. Para siempre. Para nada. Para la eternidad. Para lo que se deba hacer o ser, porque si afrontamos sin experiencia alguna los caminos de la vida, no debemos temer nada en los caminos de la muerte. En ese orden de ideas empieza esta historia, una historia sencilla, pero con mil rasgos que me han permitido cierta lucidez.



Cuando era niño vivía en una casa amplia. Tenía dos plantas. Una en frente de un solo piso y hacia el fondo después de dos salas, dos patios y tres cocinas una edificación de tres plantas. Todavía recuerdo su olor a madera. Un olor a madera y canela que siempre será entrañable para , al recordar mis primeros pasos y mis años más felices. Los años que pase junto a mi abuelita. En esta casa había jardines improvisados que mi abuelita y su poca o a veces mucha experiencia en las artes de la jardinería le permitían administrar. Había materas de varios tamaños, colores y una variedad de flores muy bonitas. Rosadas, rojas con manchitas amarillas en los pétalosazules y otras que eran amarillas, pero muy pequeñas. Había azucenas, eucaliptos, maleza, y entre esa maleza, un hormiguero. Era de forma cónica piramidal, con una estructura en barro hecha pieza por pieza por todo el hormiguero. De allí entraban y salían hormigas, entraban y salían, entraban y salían y así en esa repetida dimensión se trazaba la dinámica central de una sociedad de hormigas  matriarcal, centralista y cooperativa (en evidente contraposición con  nuestras actitudes poco generosas e indolentes). Tendría tal vez seis o siete años, cuando descubrí esa perspectiva global de una sociedad de insectos. Todos los días les llevaba trozos de alimentos: pan, fruta, algunas migas de pasteles y dulces. Estos últimos eran en la escala de las prioridades, el predilecto de las hormigas. Lo devoraban, lo cargaban, lo llevaban en largas filas de  muchas hormigas al nido y allí se metían. Satisfechas por un  botín fácil. Me asome muchas veces para ver lo que pasaba allí adentro pero no veía nada. Además me daba miedo acercar mis ojos y que algo o alguien me picara. Ese fue mi mundo por una buena cantidad de tardes. Con sus horas, con mi tiempo. Ver que hacían, como lo hacían, donde lo hacían. Empecé a establecer patrones de conductas en horarios definidos por mi infantil percepción de  un componente tan determinante en el flujo universal como lo es el tiempo. Así podía ver la periocidad del ingreso de los alimentos y la salida de las hormigas.  




Mi abuelita nos daba algo que los niños de mi época conocen como “medias-nueves” (la hora del té criolla). Consistía en una taza de café  caliente, una galleta horneada con punta de chocolate o de pepitas de colores y un queso. Calculo que mi abuelita nos servía las media-nueves a eso de las cuatro, y por cuenta de mi nuevo experimento etnográfico , merendaba en diez minutos cerciorándome de llevar mi ración de migajas para proveer la tropa. Allí salían las hormigas en filas intrínsecas a tomar el alimento y proveer el hormiguero. Era un encuentro. Una comunión. Una perspectiva sobre otra especie, muy distinta a la mía y  Con los análisis primarios que  permitía mi infancia, me preguntaba: que decían?, que piensan?, piensan?, sienten?, me escuchan?, me entienden? Me preguntaba qué y para que lo hacían, de allí mi intriga por el hormiguero. Imaginaba  dentro del hormiguero autopistas de colores vivos y estridentes, transitadas por hormigas conduciendo en un mar de estructuras y edificaciones de barro. Como su exterior. Mi imaginación no podía parar. Era un niño.  Creo que pasaron unos dos meses en esa interacción diaria. En esos análisis infantiles que con trabajo de campo había delimitado en mis tardes, después de darle el beso en la mejilla a mi abuelita y decirle que muchas gracias, que estaba muy rico a lo cual ella  respondía con esa sonrisa cómplice y llena de amor que solo tienen las abuelitas. 




El orden y el caos. Dos fuerzas que determinan y dan forma al mundo  y nosotros, los mortales, dormimos entre estos dos opuestos. Nos debatimos entre blanco y negros, fríos y calientes, amores mediocres y pasionales, luz y oscuridad, noche y díadioses y demonios. Esto lo aprendí a la edad de seis años, cuando después de unas medias-nueves, tuve que buscar a mi abuelita para darle las gracias, y la encontré en el patio arando el hormiguero, porque las hormigas se estaban devorando las flores que mi abuelita sembraba y cuidaba en su jardín. Me quede callado y llore. Llore por mi  impotencia ante  el argumento y ante la persona que lo exponía. Llore por ser niño y no poder hacer nada con respecto a las decisiones temerarias y dictatoriales de los adultos.  Imagine las muertes más horribles y pude observar los estragos que habían precedido a la acción intempestiva de mi abuelita. Tuve un parte de tranquilidad cuando vi que adentro del hormiguero solo había tierra, hormigas asustadas y  más tierra. Me sentí aliviado de que no tuviesen una infraestructura representativa o parecida a la que imaginaba. Hubiese sido desastroso. Literal. Mi abuelita siguió “limpiando “su jardín, mientras yo contemplaba el lado inverso a este ejercicio: la destrucción. 



Un cuarto de siglo después me encuentro en la misma labor y posición de observador, solo que ahora soy un adulto con muchas variantes nuevas (inseguridades, ansiedades, sueños, anhelos, obligaciones, sentimientos, miedos, experiencias, cuentas por pagar, personas, relaciones, y un sinfín de arandelas adquiridas o reforzadas en el camino). Ya no observo hormigas. Observo periódicos, patrones, estadísticas, tendencias,  instintos, alcances y las notables y abominables ambiciones de la gente. Observo documentos, noticieros, cifras , documentales, conferencias, libros, experiencias, Coaching, diálogos densos y ligeros constructivos y demás que me permiten optar por intentar tener una visión si bien no total, si de manera parcial del infierno que se avecina. Un infierno en el que somos las hormigas y la madre naturaleza protectora saldrá a acudir y salvar a sus flores so pena de la estabilidad y sobrevivencia de nosotros.  




Desde la revolución industrial la temperatura de la tierra se ha incrementado y el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero, generados por actividades humanas han deteriorado todo a su paso. Nuestras actividades industriales y por sobre todas las cosas nuestras actividades diarias han destruido el entorno, cimentando este cambio en un insulso concepto de evolución y desarrollo. Con el aumento de la  temperatura se derriten los polos, sube el nivel del mar, la agricultura sufre y los alimentos (que ya están con los precios por las nubes), peligran. Un panorama dantesco y probable, por conductas repetitivas, diarias y lesivas. Ahora soy una hormiga. me convertí en una.  Vivo con hormigas con sueños y objetivos fotocopiados muy parecidos a los míos (casa, carro, beca, relación estable, niños, proyectos, viajes a destinos símiles, teléfonos inteligentes, implantes, gimnasio y demás). También como en el mundo de las hormigas, mi mundo tiene diferentes clases y versiones de personas. En este orden de ideas el nivel de importancia” cambia de uno a otro. Somos  una mas de muchas hormigas que destruimos todo a nuestro alrededor, sin darnos cuenta de que ya nos atrevimos a desestabilizar el orden  siendo simples hormigas. Nuestro ego nos ha eclipsado sin que por ello nos concienciemos desde ya sobre cada acción individual (reciclar, separar las basuras, reutilizar, cerrar la llave mientras no se utilice, reciclar agua, fortalecer y preservar las fuentes hídricas, no pedir pitillo etc ,etc), que pueda parar todo.  Somos hormigas, las hormigas que han hecho de este jardin un caos y por ello recibimos las consecuencias de lo que damos (como todo en la vida, como en el justo Karma), somos los que se consumen las flores y debemos  desaparecer...

jueves, 19 de mayo de 2016

OVEJAS Y LOBOS




Musica: Idioteque de Radiohead (concierto Glastonbury 2003)


Las debilidades circundan nuestras vidas y nos ponen en evidencia ante los miles de lobos que como nosotros, viven el mismo pánico. La globalización se ha adueñado de nuestras vidas y nos ha hecho una pieza más en toda la maquinaria voraz que corroe y destruye el mundo. Un servilismo mercantil que no le importa arrasar con recursos naturales, poblaciones vulnerables o animales en vía de extinción. Nada importa. Nada puede subyacer o salvarse de la fiera infernal que hemos creado. Los cielos y los infiernos no existen. El cielo, el paraíso, el edén  era lo que contemplaba el mundo que nos alberga en sus inicios todo lo bueno antes de que nosotros, los seres humanos, el virus más infame y corrosivo de toda la creación exterminara y se llevara todo a su paso en un desbarrancadero directo al infierno en el que se nos convirtió nuestro presente lleno de caos vehicular, falta de cultura ciudadana, niños desnutridos, servidores públicos corruptos, SMAD en las calles, represión y persecución política y noticias estúpidas que solo buscan desinformar y ahogar en la ignominia de la ignorancia que pulula y ensordece a la multitud. Ese es el futuro que nos venden y nosotros compramos como maricas cada cuatro años. Ese es el progreso…



Nos volvemos caníbales laborales, académicos, corporativos (y lo soy, lo acepto, me ha tocado y también he querido), caníbales conceptuales, caníbales económicos, caníbales deportivos. De toda índole y sin dolor o cargo de conciencia. Una autentica anarquía que delimita quien tiene y quién no. Quien vale más que quien. Quien está en que medida en la escala de lo irreverente para pasar por encima del otro. La brecha social se expande de tal forma que las clases altas se van emancipando hacia alturas incólumes que intentan tocar las nubes, con tal de alejarse de la clase obrera o media a la cual pertenezco (que moviliza el capital de las clases altas para generar ganancias y por culpa de las oligarquías usureras terminan subsidiando las falencias que por la usurpación y robo de recursos no se subsanan en las poblaciones vulnerables). Entramos en una competencia constante sobre quien quiere qué y para qué. Estamos en la generación en la cual todos se quieres hacer millonarios, dando bala como traqueto, puños como Mayweather, alimentando a You Tube de basura, cantando como niña como Justin Beaver o con un multinivel donde tendrás libertad, serás tu propio jefe e invertirás dos pesos para ganarte una fortuna en 15 días y todas esas basuras con las que le llenan el cerebro de pasto y alienan a los incautos soñadores. Vivimos en la paranoia colectiva por comprar todo, tener todo, alimentar todo y arrasar con las vitrinas solo porque no concebimos otra forma de retribuir nuestros vacíos, esas cosas que nos hacen llorar por dentro, que en momentos decisivos nos hacen claudicar, eso que no permite que protestemos cuando alguien es injusto, cuando vemos la injusticia y la falta de solidaridad y aun así le damos la espalda a los necesitados y a las necesidades de los demás. No concebimos el mundo sin gastar, mientras nuestras vidas se desechan y se malgastan en banalidades superfluas que vienen y van mientras nos extinguimos. Porque vivir es morir. Porque cada bocanada es una menos en cada instante hasta que el silencio se apodere de todo y llegue la levedad de la muerte y el peso de la eternidad.



Ya no hay marcha atrás, nos quedan solo 100 años de recursos naturales y eso no tiene reversa en un mundo sin reglamentaciones y políticas sobre la sexualidad que no cesa de parir más pobres, tener millones de mujeres muriendo en quirófanos clandestinos solo por el hecho de que el aborto  es una decisión de estado cuando por lógica debe ser la decisión del cuerpo que alberga las consecuencias y principios de las mismas y para colmo de males, con una iglesia católica que se ufana de pregonar la humildad y la solidaridad en tronos de oro, mientras los pobres, por los que cristo murió en la cruz y bajo los que se iniciaron los preceptos caritativos que el nazareno vino a pregonar mueren de inanición sin recibir ni la décima parte de las fortunas que los diezmos recogen en el mundo. El mundo no necesita iglesias más grandes, necesita corazones más grandes, que no teman en compartir y que de verdad vivan el placer de dar. Es todo.



Esto no quiere decir que no hayan personas que se desliguen de esto. Hay activistas que como en una batalla épica se enfrentan desprovistos de protección ante muros infranqueables y gobiernos déspotas. Ghandy, Mandela, Martin Luther King y demás gestores de paz son claros ejemplos de la lucha que algunos seres provistos de una sensatez absoluta intentan a toda costa cambiar un mundo que está al borde del abismo. Ya no hay marcha atrás, nos quedan solo 100 años de recursos naturales y eso no tiene reversa en un mundo sin reglamentaciones y políticas sobre la sexualidad que no cesa de parir más pobres, tener millones de mujeres muriendo en quirófanos clandestinos solo por el hecho de que el aborto  es una decisión de estado cuando por lógica debe ser la decisión del cuerpo que alberga las consecuencias y principios de las mismas y para colmo de males, con una iglesia católica que se ufana de pregonar la humildad y la solidaridad en tronos de oro, mientras los pobres, por los que cristo murió en la cruz y bajo los que se iniciaron los preceptos caritativos que el nazareno vino a pregonar mueren de inanición sin recibir ni la décima parte de las fortunas que los diezmos recogen en el mundo. El mundo no necesita iglesias más grandes, necesita corazones más grandes, que no teman en compartir y que de verdad vivan el placer de dar. Es todo. Así cambiamos el mundo, dando la mano sin intereses de ninguna índole, sin querer dañar. Sin pisotear. Ese es el ideal. Un ideal que cada vez veo más lejano y que solo dejo a exclusividad de mis familiares y las personas que conforman el repertorio de mis más entrañables experiencias. Mis amigos.




Somos un mundo de ovejas colonizado y conquistado por lobos que un sistema  creó y que no tiene marcha atrás por ahora  (a menos, en mi opinión, de que haya una gran hecatombe política o natural, o que los pueblos se subleven y haya una guerra civil atroz que logre sensibilizar  y haga caer en la cuenta al hombre de que su mal manejo del poder puede ser  su propia extinción). Somos de nuevo esa sociedad nómada que dirimía mostrando los dientes y gruñendo por un trozo de carne, por una manzana, por un empleo, por un reconocimiento, por una licitación, por los intereses económicos o políticos de un grupo, por el mandato, por la paz, por la guerra entre pueblos, por el desplazamiento, por quien es más o porque usted tiene un traje más costoso que el mío. Para todo gruñimos. Somos salvajes. Volvimos a la época de los taparrabos y las flechas, solo que ahora las flechas y las hondas son un Tweet, un comentario mal intencionado, un chisme de pasillo, una crítica insana, Bulling en los colegios, Mooving en los trabajos, destrucción, destrucción y destrucción. Todo  empieza con violencia. Desde que la vida llego al mundo por medio de las bacterias estas mismas se separan, convulsionan y terminan haciendo procesos biológicos en los cuales se terminan sobreponiendo unas a otras. Se destruyen y vencen. Todo u
n caos anárquico para crear vida. Somos eso así con cremas humectantes, lociones francesas, ropa italiana, autos pagados a 5 años y casas a 15 nos queramos decir lo contrario. Somos bacterias convertidas en lobos que se van destrozando unos a otros hasta llegar al fin, al holocausto y todas esas cosas que por no prestar atención a lo realmente importante hemos creado. Somos los artífices de la destrucción, somos  los responsables de este Karma que empezó cuando talamos árboles, torturamos animales para probar cosméticos, aniquilamos bosques vírgenes para el ganado, pedimos pitillo, contaminamos ríos, botamos basura a la calle, no reciclamos, creamos el monstruo de la minería inconsciente, el fracking  y demás vejámenes que cometemos solo por nuestra saciedad de nada. De llenar un vacío que no se llena con nada. Una autentica insensatez cobijada de desazón.  Este no es el escrito de un niño de quince años que piensa que el mundo es una mierda y que amenaza a sus padres con suicidarse con tal de llamar la atención, es la reflexión de un adulto que con argumentos  refleja el profundo temor que deja el sin sabor de pensar que tal vez no queden muchas generaciones y tal vez por eso mismo muchos a mi edad nos cuestionamos no por factores económicos o sociales el hecho de tener un hijo, sino por la angustia del mundo que en el evento de darse el caso les vayamos a legar.



 Bienvenidos al infierno de Dante, ajústense bien los cinturones porque esto dentro de poco SE VA A DESCONTROLAAAAAR!!!