columpios, yermies, rueda de canela, bolitas
de piquis, bombom bum, ponchados, escondidas, , olor a pasto recién cortado,
rodillas raspadas, patines en línea, tin tin corre corre, chocorramo, ciclovia,
Unicentro, banquitas, pastel, citaciones a acudiente, malas notas, buenas
notas, Dragón Ball, caballeros del zodiaco, el álbum de Max caimán, la colección
de los muñequitos de la selección Colombia de 1994, novenas, comida de novenas,
pólvora, globos artesanales, años viejos, abuelita, teléfono gris de casa,
pintura fresca, Telecom, moritas, dulces de sabor a aguardiente, bocadillo
veleño, emulsión Scott, cigarrillos de chocolate, olor a tierra caliente,
zucaritas, salidas pedagógicas, mimos, Centro Don Bosco, pony malta, tic-tac de
naranja, refrescos, helado de agua, frutiño, Power Rangers, piñata, casa de
mama Inés, primos, golosa, Supercampeones, Nintendo 64, golosa, monedita,
Salitre Plaza, mete gol tapa, bus por la caracas, Súper Triumph, arma todo,
desenfriolito, primos, ensalada de fruta, monserrate, lokiño, barrilte, papi,
mami, hermanos, yo.
domingo, 26 de mayo de 2013
sábado, 18 de mayo de 2013
EL PODER DE LA DECISIÓN
Uno vive mil historias día tras día, con innumerables guiones que desglosan la esencia que edifica y confirma nuestra presencia y que materializa nuestro paso por este mundo. Con cada acción buena o mala, certera o equivocada, vamos moldeando el recuerdo que somos o como el título del libro del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince “El olvido que seremos". Somos los directores de una obra teatral, que con la lógica del ensayo y el error, vamos imprimiendo matices en el bosquejo que nos proporciona la existencia y que a pinceladas de libre albedrio, vamos plasmando en el lienzo de la cotidianidad lo que nos ponga el destino por delante.
Podemos ser asesinos o almas caritativas, según las decisiones que tomemos. Ser verdugos de la inocencia o defensores de la equidad, dependiendo de lo que queramos o lo que llevemos en el corazón. Es así como existen monstruos como Ariel castro que secuestro, torturo, violo e hizo abortar en más de una ocasión a tres mujeres en un sótano en Cleveland Estados Unidos. Y también altruistas existencias como la de Nelson Rolihlahla Mandela , que, aun cuando en 1962 fue arrestado y condenado por sabotaje y estuvo 27 años en la cárcel, la mayoría de los cuales estuvo confinado en la prisión de Robben Island, lideró a su partido en las negociaciones para conseguir una democracia multirracial en Sudáfrica y gano el premio nobel de la paz en 1993. Solo por luchar por sus ideales. Solo por ser un buen ser humano.
Somos todos miembros de una estirpe denominada humana. Con nuestros defectos y virtudes, tanto físicas como espirituales. Tenemos como común denominador un genoma que nos hace símiles y genéticamente iguales (caso imposible a nivel social, racial, cultural, económico y político en esta actualidad de abismales diferencias). Somos aparentemente iguales, pero asumimos caracteres que nos clasifican en clanes diversos, formando una fauna que nos encasilla inconscientemente en diferentes núcleos sociales que van desglosando el papel que conformamos y representamos en la sociedad.
Es así como con solo ver a una persona, y por su apariencia desarrollar un parámetro subjetivo con patrones de experiencia objetivos. Es decir, vamos por la calle y por cómo se viste, habla o actúa una persona se puede deducir si es un "yuppie", un "ñero", un rasta, un ejecutivo, un campesino, un punkero o en el peor de los casos: un abogado. Una serie de juicios que se encargan de clasificar la fauna humana y desarrollar desde la apariencia externa desarrollar ciertos parámetros y predisposiciones entorno a una figura humana en particular (aun cuando también y desde mi experiencia personal he conocido “harapientos” con envidiables cuentas bancarias y “entrajados” con las tarjetas de credito colapsadas por la creciente mora). Esto es lo que infiere nuestro concepto de realidad. Somos eso: un compendio de opciones, remembranzas y decisiones mal o bien escogidas, en torno a nuestras propias vidas y lo que creemos que son las demás.
Por ello nuestro poder no radica en la cantidad de dinero que poseemos, los títulos académicos que alberguemos o la raíz étnica, racial, o cultural de la que provengamos (aun cuando también conforman elementos de valor dentro de nuestra capacidad de elegir). Nuestro verdadero poder está en las decisiones que vinculamos a nuestro pasó por este mundo, este pequeño lapso de vida que protagonizamos y el de las personas que se rozan con nuestra presencia y esas acciones que acogemos. El poder no está en querer que el mundo cambie para nosotros para así cambiar, sino en que edifiquemos la mejor persona posible y que nuestro paso por este diagrama no sea un tenebroso remolino de equívocos, sino un bálsamo que permita que la flor de loto salga del barro y proyecte lo mejor de sí para su propio beneficio o mejor, para el de los demás.
Cada cual decide que es lo que quiere. Si quiere ser un delincuente que abone a la cuota de odio que tanto mal hace a esta humanidad, o un granito más de arena positivo, que ayude a mitigar un poco el sufrimiento y romper tantas cadenas de dolor que nos aprisionan a cada instante y que nos tienen inmersos en las tinieblas de lo primitivo.
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