
(Música del grupo colombiano RumbanBass y su canción Ya Basta Caray)
La ciudad se mueve entre círculos infinitos de vidas diversas como las gotas y tan características como las saladas lágrimas derivadas de las goteras del alma. Se vive ejercitando el derecho que nos fue impuesto desde la concepción en nuestra existencia, y que nos hace cada vez más esclavos de un eufemismo macabro que determinamos como realidad. Se sufre, se vive, se ríe, se llora, se lucha, se estudia, se ama, se odia. Se hacen mil cosas multiplicadas por mil más en un mundo de experiencias de vida heterogéneas, pero de un homogéneo único, filial y concluyente final: la muerte.
Nos venden fe, nos abren fondos pensiónales, nos juran amor eterno, nos ofrecen seguros de vida en los supermercados, nos impulsan a capitalizar compulsivamente con la mentira enferma de que todo lo que vemos es nuestro, todo lo que tocamos es real y todo lo que somos (ese puñado de átomos enfermos y ambiciosos) es lo mas importante de una gran ilusión unidimensionalmente estúpida.
Lo que vivimos es eso. Un inmenso oasis de ilusiones que se van presentando a medida de que se intenta por lapsos de lucidez salir de la somnolencia en la que nos encontramos. Oasis llenos de anuncios publicitarios, modas pasajeras y superfluas, frases reforzadas, descuentos de centro comercial, recetas de cocina de microondas y de procederes colectivos, decadentes y hechos a escala con una foto fofa de Paris Hilton de etiqueta.
Por ello debe ser que para mi es inestablemente difícil ver desde la altura de este edificio, como las vidas pasan unas al lado de otras ufanándose de su particularidad, cuando a simple vista se nota la palpable cadena de generalidades que los rodean series de seres humanos articulados, dotados de funciones razónales que van como borregos a trabajos vacios que los exprimen y que a cambio les ofrecen un par de migajas con las cuales poder adquirir por medios de cosas, ciertos diáfano y estéril respeto.
Seres como usted señor lector y yo. Seres que le vendimos el alma a un mundo con tal de reptar entre espejismos de revistas suntuosas, comida chatarra, estatus sociales, teléfonos móviles, tarjetas de crédito, inversiones seguras y la insulsa idea de la inmortalidad material producto de la acumulación de capital.
Un esclavo más, en un lapso de lucidez fugaz:
Diego Castro.






