
(Música de Monsieur Perine y su canción La playa)
Cajas de comida china se acumulan en esos amaneceres fallidos donde las palabras no salen y el tigre no logra cazar. Las neuronas se pasean intermitentemente por cada uno de los embates de la noche anterior y solo el techo blanco sirve como pantalla del inmenso estanque de los días sin control y los rostros sin sombra que se agolpan en el baúl de las memorias.
Saxofones distantes se llenan de laberintos en pentagramas gastados, sucios por el tiempo y nostálgicos por aquellas notas que se tocaron en más de un mambo, pero irremediablemente ya no volverán. Figuras femeninas de cuerpos generosos y curvas imponentes se difuminan en el juego de luces que han formado el show de las frases esperadas, los gestos mecanizados y los diálogos flojos.
Un amplio menú de comida sobrecondimentada, soles desgarradoramente bohemios, mujeres de labios dulces, almas rasgadas y corazones a prueba de balas. Un guion desgastante de gritos, maldiciones, palabras soeces y música épica de fondo. Un guion cruel que deja sabor a pez muerto en la boca y el vacio de saberse perdido entre tantas cosas estáticas. Un típico caldo de cultivo cuando uno se encuentra en medio de la nada con las personas equivocadas…
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