
(Música de Jessie J y su canción Price Tag)
(La foto es mia y tiene derechos de autor por si se la van a robar. Gracias.)
Suele suceder en ocasiones, que se hace una pausa en el camino y se empieza a asociar de forma errática, los aciertos y desaciertos de cada decisión que se ha tomado en la vida y las enseñanzas y/o lecciones que de estas misma derivan. A veces es fácil cuantificar y calificar, a veces no. En los días de gloria se asimilan con mayor entereza. En cambio en los días de malas pulgas, sueños incompletos, tortícolis y mala sangre es casi imposible analizar hábilmente cada una de estos sofismas que la vida proporciona.
Si bien el hecho de tener una vida ostensiblemente cómoda, implica un milagro o una bendición, noto que los días a veces no son tan completos como se esperaría. Son carentes de algo. Algo mas que se convierta en la cereza que termine el pastel. Que delimite lo que vale o no la pena de vivir. Sé también que se debe vivir en base del mundo que nos rodea y que si bien es placido para el espíritu ser diferente , también es bueno ser consciente del entorno que se habita y que en conjunción es algo así como el ADN de nuestras acciones, de nuestras costumbres y de nuestros valores.
Es decir, el hecho de que el consumismo y lo material del capitalismo salvaje me confronte éticamente, no implica que quiera ser un hippie atorrante que espere como mendigo, a que la vida le provea un viejo, duro y sucio pan. No. No me parece. De hecho asumo que más de un pecado me lo proveo por y gracias a la facultad de ser productivo en una sociedad. Que me encanta la ropa que me dé la gana comprar sin escatimar. Que me gusta comer rico en un lugar acorde con mis esfuerzos mensuales. Que me gusta también estar de fiesta en un sitio donde vea gente bonita, etérea y sin alma. Eso me gusta y el capitalismo salvaje me lo complace por mi manera de producir.
Considero que las metas son producto de esfuerzos grandes y pequeños que se consolidan por medio de la constancia y que aun respetando los lineamientos de los ricos en espíritu y sabiduría, pienso que en un mundo claramente material se debe tener y que no hay nada mas paupérrimo y triste que un intelectual vaciado, que critica el sistema y sus burros con plata por tener la astucia de la que no se quiso proveer.
Alguna vez alguien me dijo: “uno siempre quiere más”. Y es verdad. Uno tiene un pregrado en la universidad libre y quiere un postgrado en la universidad de Zaragoza. Uno tiene una novia bonita buena gente, pero se antoja de una más tetona. Uno tiene un Renault pero quiere un BMW. Uno vive en Pontevedra y sueña con un apartamento en rosales. Cosas así, superfluas, caóticas, decadentes y llenas de un inconformismo natural que nos impulsa a envidiar, a ser egoístas, a compartir inequitativamente y a tomar atajos tramposos, rapaces y capaces de todos los medios para los más diversos y macabros fines.
Creo haber llegado a un punto en mi corta vida, en el que me siento pleno en muchos aspectos. Un punto al que llegue con un mediano esfuerzo (decir más seria mentir y desconocer el esfuerzo de mis padres), del cual me enorgullezco, pero que a su vez me lleva a reflexionar hasta cuándo, o con que estaré satisfecho, y si esta conducta recurrente (no solo en mi vida), se masificara y se prolongara hasta el fin de mis días, dejándome exhausto, carente, antojado, vacio y tan perdido como me siento hoy, teniéndolo todo pero anhelando siempre mas…
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