martes, 2 de septiembre de 2014

TIC TAC

Un vaso que siempre se llena y se vacía, un cigarrillo que  a bocanadas se va extinguiendo y vidas amorfas que se compactan unas a otras y se adhieren entre si como plastilina de colores que en su combinación desorganizada va creando un gris desagradable que no dice ni emite nada. Las luces arremeten entre vocablos indescifrables y frases volátiles que se van desglosando a medidas insanas de tiempo que se va endulzando al son del tic y del tac. 



Tic, tac. Dos palabras, dos sonidos insulsos que se repiten eternamente dentro de un tiempo que se expande como un cáncer asesino que devora y hace metástasis. Un cáncer que devora vidas, momentos, amores y soledades. Un cáncer que devora lo que ve a su alrededor disfrazado de esperanza y que fomenta con la ilusión infame las ansias de perpetuidad que labramos en castillos de arena los humanos. Nos aferramos a eso, al ahora y desde allí labramos futuros que se sostienen con anhelos frágiles e imposibles. Creamos cielos, infiernos, karmas, vidas eternas y posteridad espiritual por la desesperación que surge de la voz interna que en cada momento nos advierte que solo  somos un viento ligero y pasajero que se posa momentáneamente en la duna de lo real y palpable, para paulatinamente, y en cada tic tac del tiempo acérrimo desaparecer.




Somos eso. Un compendio de desesperaciones que siguen espejismos donde supuestamente somos engranajes indispensables dentro de la maquinaria que mueve el universo. Somos mitómanos natos con ínfulas de superioridad que  por el hecho de levantarnos a las cinco de la mañana, pensamos que tenemos el control del entorno, cuando en el fondo de nuestra memoria sabemos que cualquier  percance, cualquier cáncer, cualquier intempestiva aparición de la rubia muerte nos fulmina para siempre, dejándonos a merced del olvido. Ese que acaba con imágenes, soledades y monumentos. Ese que arrasa con cualquier rostro o imagen colosal que hayamos labrado en la arena movediza de la historia.





Somos nómadas frenéticos y sin rumbo que van escapando del dogma irrefutable de la transitoriedad  espontánea  que da el existir y en ello radica nuestro desconcierto, nuestra duda, nuestra desazón y nuestras inclinación natural a preguntarnos quienes somos y porque carajos estamos acá. Por esto es que el tiempo puede ser paciente. Puede esperar y designa al tic y al tac para ser el juez  de nuestros pasos. Por eso es que esta tragedia anunciada llamada vida nos aboca a hacernos creer en una vida eterna, en un cielo lleno de ángeles etéreos, en un infierno lleno de barbacoas y candela y en un fin sin fin. La muerte es eso. La certeza de que somos llamaradas fugaces en el escenario para actuar como ambientación en la pieza teatral de la evolución en el escenario que proporciona la historia para nosotros en un papel que ganamos entre millones cuando solo éramos un manojo celular que en algún momento alguien denomino como espermatozoide. Un tic y un tac. Eso somos.