Cerezas van caminando sobre aceras llenas de chispitas de
colores y sabores, azúcar, y miel de abejas recién recolectada. Las frutas se
van poniendo de pie, mientras la reina fresa va haciendo su entrada triunfal y parsimonica,
entre el racimo de manzanas, los duraznos finamente rebanados y las ricas y
diminutas pepitas que llenan de tonalidades diluidas y alegres el entorno
blanco merengue de la crema batida. Las galletas se empinan sobre una montaña de helado de vainilla a
manera de bandera pirata sobre un océano
cremoso, multicolor y tropical. Ríos de mermelada llenos de textura, se funden
entre el elixir y la lujuria del paladar, dando al sentido del gusto, un
banquete épico y lleno de variedad.
Todo es armonía, todo es bendición. Todo transcurre con
calma en el universo paralelo de la felicidad dulce, salpicada de M&M´s y
chispas de chocolate, hasta que una titánica cuchara irrumpe arrasando valles, ríos,
colinas, banderas piratas y estructuras para arrebatarlas. Para llevarlas de
ese mundo perfecto lleno de estabilidad y transitoria paz a otro siniestro,
frio y lleno oscuridad. Es mi cuchara la que ataca. Soy yo empuñándola el que
mutila y cercena este pequeño universo. Esta pequeña realidad empalagosa y
pasajera que se vive entre frutas y lácteos. Entre formas y colores. Entre estados
de la materia y formas estético-practicas. Un pequeño universo que se sostiene
entre ínfulas de eternidad de los helados, los delirios de grandeza de las frutas y la concepción de eternidad de
las galletas, sin detenerse a analizar el inevitable derretimiento del helado,
la ineludible putrefacción de las frutas y el lento proceso corrosor del tiempo
sobre las galletas.
Cucharadas van, cucharadas vienen y todo este idílico oasis lúdico
y gastronómico, se va procesando en mi
aparato digestivo, mientras a punto de la saciedad, me pregunto entre cucharadas, si en este preciso instante Dios le estará dando al mundo
cucharadas como yo lo hago en frente de este apetitoso plato. Porque finalmente
y como todo el mosaico de frutas que esta frente a mí, somos un producto
evolutivo más, dentro del bolo alimenticio que alimentan las divinidades. Somos
una maquetica más llena de bancos, bibliotecas, gente mala y animalitos que
corren por las praderas. Porque somos solo una aguja en el océano de la creación
y contextualizamos una falacia en torno a nuestras vidas, aun cuando en el
fondo sabemos que nuestra instancia es efímera y que no somos sino un diminuto grano de átomos envueltos en una
capa amplia y esponjosa de egos, desdichas, miedos, alegrías pasajeras, café en
las mañanas, sudores y olores diversos…
Creo que mi problema son las frutas. Amo demasiado la comida
chatarra como para permitirme engañarla de esta manera.



