Siempre se puede
empezar cualquier historia en una ciudad fría,
llena de guiones vacios y paisajes desolados por donde transita una
fracción irrisoria de humanidad que llena de ansias y delirios de control, se
encamina por senderos sin itinerario y largas tribulaciones con raciones de
lucidez cada vez más escasas. Sofía deambula por estos senderos, mientras las cargas de una vida cada vez más austera e insoportable, se van y se aploman en las islas desoladas de la inclemencia, la soledad y los lastres propios de una vida más sin bitácora y sin rumbo fijo.
Deambula con sus
altos tacones rojos y su ceñido vestido negro entre hordas de vagabundos que
buscan en las hogueras algo de calor. Deambula entre maniquíes seriados, humo
de cigarrillo, empleos mal pagos y una noche de sábado que, a las diez de la
noche, le dejan un balance de cinco hombres, que, sedientos por las curvas de
su cuerpo, han pagado con billetes arrugados una cifra considerable para tocar
sus entrañas. Cinco hombres que ahora yacen babeantes al lado de la improvisada
pasarela del oscuro prostíbulo, donde “Fanny”, otra prostituta del lugar hace
su correspondiente coreografía llena de sensualidad desabrida, cargada de poses
vulgares, que incitan a seres aun mas decadentes a dejar el contenido de sus
billeteras por una precoz eyaculación. Una horda de almas estriadas,
cocainómanos hiperactivos y alcohólicos derrumbados, que sostiene sus
existencias por medio de grilletes que cada vez los van hundiendo más.
Sofía le da su
última bocanada al cigarrillo, tira la colilla y bebe de un vaso de ron hasta
el fondo, para reponerse insulsamente del dolor de piernas que ya la aqueja. De
ese infarto que le corroe las venas del alma. Contempla su vida
saturada en medio del baile de arlequines, ladrones callejeros, ejecutivos de
poca monta sin corbata y jóvenes que quieren probar el valor de su virilidad,
con un trago en la mano que mitigue el miedo. Contempla su existencia mientras
se catapulta entre estepas de lucidez y vestigios de lúgubres diafragmas,
llenos de valores borrosos, tabúes en peligro de extinción y deformidades sin
autoestima.
Esta es su
síntesis. Esta es la sinopsis. Este es un fragmento volátil y efímero de la
vida de Sofía y el de muchas prostitutas que deambulan por las calles armadas
de valor con tacones de colores y una mercancía apetecida. Una mercancía que
buscan los nómadas que anhelan su sexo, para satisfacer el hecho de no ser
capaces de acapararlo sutilmente. Sofía es una mercancía más en el abarrote de
putas, ladrones de cuello blanco, curas pedófilos, gatilleros en moto y
personas del común que empeñan lo que sueñan por un salario mínimo legal
vigente cada mes.
Sofía es un
bosquejo más de los muchos más que cada noche invaden las calles para celebrar
aquelarres con sus brujas y sus demonios. Sofía solo es un espejo de la
enfermedad que como sociedad pandemica padecemos. Ella en su calidad de
prostituta comercia con su cuerpo, sus fluidos, su saliva, sus senos, su sexo y
su piel. Nosotros comerciamos con nuestros sueños, con lo que queríamos cuando
niños, con lo que nos hace felices, por un cubículo en una oficina, un diploma
en una pared, una cuenta bancaria o un nombre en una placa de cobre, y es ahí,
en ese punto de comparación, donde no sé quien llegue a casa más utilizado y más
sucio.
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