En ocasiones se va el
aliento y no se encuentran salidas. No se encuentra esa brújula que logre
direccionar los caminos más prósperos y mejor dotados. Se falla muy a menudo y
cada intento por retomar el buen rumbo se va al traste. A veces uno se acuesta
con todas las ganas de no volver a abrir los ojos y sin embargo se encuentra de
frente con una vida cada vez mas ajena, hostil y lejana. Días en los que no ha
terminado de amanecer, cuando ya uno quiere que la noche llegue. Que pasen las
horas y se vaya todo ese espanto llamado realidad, que se hace cada vez más
laxo e insoportable a la mierda. Una fatiga que se va acumulando y que nos hace
simples actores de comedia siendo simuladores de sensaciones vacías que no sentimos.
Somos pantomimas que se
lucen ante cosas superfluas y diáfanas. Todo el tiempo nos mentimos. Nos hacemos a la
idea de que el mundo es de colores, con gente buena, honesta, leal y no. No es
verdad. Es parte de nuestro campo de distorsión de la realidad, para decirnos a
nosotros mismos cada mañana que todo estará bien y que todo mejorara. Esos son los espacios de tiempo donde las
tragedias de los demás y las matanzas ya no duelen, los chistes no hacen reír y las canciones no
mueven ni la fibra del cereal del desayuno. Todo es más difícil, todo tiene un
precio. Ya los arcoíris no tienen un duende sentado sobre una olla de barro
llena de oro al final del camino, sino simplemente una ilusión óptica más. Otra
ilusión como el sentido de propiedad sobre las cosas y las personas, los amores
eternos y los mil dioses que han creado las religiones para ponerlos como
pretexto y matarse entre ellas.
Todo es risas y diversión
para los demás que llenan sus vacios con toneladas de televisión basura (suena
redundante verdad?), noticias de farándula, realyties en MTV y libros de Paulo
Coelho. Todo es más fácil para los que son felices comiéndose la mierda que les
venden los medios y que se satisfacen con usar sus cerebros exclusivamente para
funciones biológicas. Pero lamentable o afortunadamente para mí no. Para mi es difícil
reírme de imbecilidades y hacer o pensar lo que los demás consideran
“normal”. Y aunque me aterra llevar esta
existencia llena de cosas por decir y una cabeza que da mil vueltas y se va a
veces a lugares que no debería, me
aterra aun mas ser un yuppie preocupado por la fluctuación cambiaria del dólar,
la última colección de ropa interior de Calvin Klein y que habla con presunciones de dominio todo el
tiempo sobre especificaciones técnicas de
carros que nunca podrá comprar.
El problema no es lo que
me pase. El problema es que conozco mucha gente así. Gente que se lanza por un
desborde existencial y se sumerge por mares de letras y pensamientos en
agujeros sin salida. Gente que empieza a pensar más allá de lo que dicta el
rebaño y se deprime al ver que todo esto es una fabula sin final feliz y con
muchos zombies. Gente que se debate en
la disyuntiva entre ser ese producto vomitivo que la sociedad vende y
ser eso que realmente se quiere ser, aun cuando esto conlleve a una ración
extra de sufrimiento. Gente buena que se refugia en las ideas porque
lamentablemente los demás seres humanos ya no son de fiar. Gente con vacios que
se llenan con música culta, teatro los viernes en la noche y películas de calidad.
Gente que se no quiere caer en el juego bajo de estar atascadas todo el tiempo
haciendo lo mismo en torno a la monotonía. Gente que si pudiera elegir,
cambiaria de peinado, de ropa, de país, de planeta, de galaxia…
A veces me pongo a buscarles nombres a los artífices
de este caos existencial llamado Diego Castro. Le reniego a Dios, a mis padres,
a mis amigos y hasta al lacerante sistema globalizado. Busco culpables
invisibles con una red para mariposas rota. Busco fantasmas donde no los hay.
Porque si mis problemas mentales derivaran de alguien o fueran de fabricación,
ya habría cambiado mi vida por una nueva. Pero no. Yo me los busque. No le
puedo decir a nadie que responda, porque lo que se expande dentro de mí, es
producto de mis revoluciones constantes que rechazan ser como los demás
(aunque debo confesar que a veces envidio a los que van por ahí con una canica
en la cabeza y se ríen por maricadas). Esos que viven su vida de corderitos con aplomo y
que siempre se peinan bonito y dicen “si señor”. Los que izan bandera, son
blancas ovejas y lambonean. Tal vez
ellos estén en lo correcto y yo solo sea un subversivo corrosor, un paria
autoproclamado, el parche de la blusa o la mosca en la leche.
Pero así soy. Así me hice.
Así me desenvuelvo en este valle de lágrimas, corazones remendados y risas
fingidas. Así en un punto pasado me idealice. Por eso creo que mejor me voy a
ir a ver una película acompañada por una
montaña de comida chatarra. Porque así
como vienen, también se me quitan las ínfulas de trascendencia y prefiero hacerme a la idea de que no
existo, que no soy nadie y que la vida apesta y se me pasa.
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