lunes, 30 de enero de 2012

MI DESPEDIDA


Algunas veces hay tardes de lluvia, de floreros vacios, de pitos incesantes de los carros en ambientes trastornados de polución insana y verdades que se proliferan en el aire y que a su paso, se llevan a otro mundo los sueños que solo duran un segundo. Esos sueños que entre caminatas por la “T”, encuentros vespertinos en Normandía, la “Noche de los lápices” en un sábado cualquiera y cajitas felices de Mc Donald’s construimos. Tengo mil cosas para agradecerte y en realidad no tengo, ni se por donde empezar. Creo que se confirma una vez mas eso de que soy malo para las cosas metódicas y que los esquemas prefabricados a veces no se amoldan a mi, ni a mi metamórfica manera de pensar.



Como te digo, son mil cosas por agradecerte y tal ves se me queden demasiadas en el tintero de los pensamientos leves, lo sentimientos arraigados y las cartas de amor que se escriben en hojas de cuaderno. Soy consiente que no he sido el zar de la consecuencia, la constancia, la dulzura, la sinceridad o la ternura. Solo se que siempre he intentado ser lo mas respetuoso, afectuoso y honesto contigo y tus sentimientos. Solo se que te encontré un día cuando estaba un poco extraviado y que nunca coincidí con todo lo que me dabas, lo que sentías y lo que me profesabas. Solo se eso. Solo se que no quiero que esto se convierta en una larga lista de desagravios o parte de un arrepentimiento del cual no me creo, ni considero el protagonista.



Desde que te vi y te CONOCI ( hago hincapié en conocerte, saber lo espectacular que eres), supe que seria algo así como un bálsamo para tantas cosas que han pasado por el repertorio de mis sentimientos y que llevas en la piel la transparencia que brota de tus palabras y en tus ojos la sinceridad que alberga tu alma. Quiero que sepas que haces parte de mi vida, mis pensamientos y mis cosas y que las muchas veces que me he odiado dentro de esta trinchera que cree para estar tranquilo y con la cual me aleje de todo ha sido por no haber dicho ni la mitad de lo que ahora te estoy diciendo.



Creo que he llegado a esa época en la cual la levedad del ser en mi vida es casi utópica y en la que las cosas vividas se rememoran una y otra vez, haciéndome ver los años y su precocidad inherente a mi existencia. Creo que esos recuerdos me instan a indagar en lo correcto, lo acertado y lo mil veces errado, y de ahí derivar en que tal vez fuiste lo mas importante que tuve, pero que por cuestiones distractoras, estúpidas, cobardes y de ceguera, no vi.



Te agradezco por cada lagrima, cada risa, cada palabra de apoyo en momentos clave, cada libro de Germán Castro Caicedo (te lo dije un día: no se sabe quien es mas idiota, el que presta libros, o el que los devuelve), cada chiste con dosis considerables de ironía y las esperas pacientes de tu parte. Te doy gracias por tu inigualable sencillez, tu desbordante ternura y tu increíble, increíble, increíble transparencia. Te doy gracias por cada consejo, cada oración, cada te quiero y cada te amo. Gracias por haber adornado el paisaje de mis días más difíciles y haber llenado de reflexiones los mas felices.



Ahora llega el momento de despedirme. De decirte lo muy bien que la pase y lo mucho que aprendí de ti y que aun cuando soy consiente de lo malo que soy para las despedidas (ni siquiera fui capaz de ir al aeropuerto), y lo mucho que me cuesta desprenderme de las personas y de los sentimientos que derivan, quiero desearte la mayor de las suertes, los mejores paisajes, las mas sinceras personas y de nuevo mis incontables agradecimientos por cada día, cada hora, cada segundo y cada momento a tu lado. Y que aun cuando miles de kilómetros físicos nos separan, jamás dudes que las cosas pasan por algo y que el tibio roce de tu rostro y tus labios rojos aun están acá, conmigo, contigo, como tenga que ser…

lunes, 23 de enero de 2012

LA CASA DE LAS PRINCESAS


Campos equiláteros se mueven entre las neuronas, formando aureolas de colores imposibles y sin explicación, hermosas. Pantanos en medio de sepias con tonalidades saturadas, se secundan entre arcoíris mágicos habitados de duendes verde esperanza. Limites que se van hacia desiertos conceptuales que entre higos secos se difuminan con la majestuosidad de un espectáculo pirotécnico de fin de año que entre luces de mil colores, busca difuminar los días pasados. Los malos y buenos recuerdos y una que otra lagrima.



Luces que entre estallidos, ojos expectantes, un poco de humo toxico, un poco de zozobra, un poco de esperanza y un poco de sombras de elefantes morados en el pergamino del pavimento. Hay risas y jocosidad en todo esto, hay magia en los callejones oscuros, hay niñas llorando porque su “Ken” las dejo por una Barbie mucho más interesante, con un mejor cuerpo o por un buen par de senos firmes.



Hay conversaciones de paquete, de comida recalentada, de comida china de un domingo desolado. hay sonrisas insípidas y carcajadas auténticas. Hay música, delirio y algodón de dulce de muchos colores que se entrelazan en los vestidos de las princesas que pronto entre baile y baile, sonrisa y sonrisa, beso y beso, terminaran gimiendo en la cama de algún desconocido.



Princesas intercaladas entre vestidos de colores satinados que brillan al son de las bolas de espejitos diminutos y que se camuflan hábilmente entre el humo de los fumadores indomables, pero que se hacen evidentes en los aires pulcros, tranquilos y confiables. Esos que comulgan amenamente con los árboles y que se toman la tarea de hacer un mundo menos cruel, menos hostil, menos visceral, con menos maquillaje corrido y más real.



Esas son las princesas de mis cuentos sin hadas. Princesas sin príncipes azules, sin vestidos largos, sin hadas madrinas, o castillos medievales. Princesas de carne y hueso que han estado ancladas por momentos en mi vida. Princesas capaces, volubles, enfermas, mentirosas, sinceras, amorosas, distantes, descaradas y olvidadas. Princesas reales, fugaces obnubiladas y llenas de luces. Princesas que se han quedado en otros cuentos que ahora no me incitan a retomar y por lo cual han sido olvidadas y solo presentes más allá de la frase: FIN.

jueves, 5 de enero de 2012

PAGINA UNO, TAL VEZ DOS


Son casi las cuatro de la mañana y la noche conjuga con el día un espectáculo con firmamentos estrellados entre alboradas venideras y nubes que hacen apologías sobre las nebulosas boreales de los programas de ciencia y los paisajes siderales de cualquier escenario de la guerra de las galaxias. El silencio de la habitación se expande como la vida de una gota que cae en un estanque de agua y tenuemente se va ampliando, hasta llegar con una sutileza casi imperceptible a la orilla. El techo de la habitación es blanco y da espacio para llenar su simplicidad etérea, con todas las olas de recuerdos que van llegando a la mente, marcando una pauta en lo que es, lo que ha pasado y lo que aun se añora entre sueños rotos, corazones descompuestos, nostalgias cada vez más grandes, años felices y los días de cielos despejados, en los que con solo una bocanada el mundo bastaba para sonreír. Veo todos estos objetos quirúrgicos y medicos que previamente se han seleccionado entre un vademécum de maquinas respiratorias, sondas, catéteres y maquinas de electrocardiogramas que en este momento se ligan a mi cuerpo con la intensión de no dejarme pensar, de no dejarme morir, de no dejarme acceder al derecho de poder decidir por mí.



Soy viejo y estoy en la habitación de una clínica con gente igual, o más enferma que yo. Con gente que solo espera que los días pasen para que el médico les dé una buena nueva que de seguro no llegara, o para que una enfermera indolente les limpie las inmundicias que trae consigo el no poder valerse por sí mismo. Gente que vivió, sufrió, trabajo y lucho por buscar una felicidad falsa que fue desmoronando con los días y que ahora los tiene aquí en el borde de una espada esperando cualquier viento leve que los arroje a los brazos de la muerte. Gente como yo. Gente tan parecida y tan reflejada en mi propia existencia, que hasta a mi mismo orgullo lo arruga como la hoja de un ensayo destinado al fracaso.



Entre esa gente homogénea con mis tragedias esta una mujer. Una mujer llamada rosa, de tal vez unos sesenta años. Delgada, de facciones nobles, bien vestida y de acento porteño que se levanta cada hora de su cama y camina hasta donde está el enfermero que cuida en las noches, la sala de los que no tenemos más remedio que esperar que las horas pasen y se lleven nuestro pulso. Va siempre en su tono peculiar y le pide una pastilla para el miedo, un miedo que la agobia, la atormenta y la hace sufrir. Un miedo que hace unas diez noches, con sus horas, sus estrellas, sus lamentos de los que tienen cáncer terminal y sus interminables cambios de suero, explico al enfermero que radicaba en la muerte. Si, a muerte. Esa cadavérica imagen que se camufla entre accidentes de tránsito, abortos, cirugías a corazón abierto, comida chatarra y como en el caso de un país tan demente como este, en las balas de los que no ven mas allá de las narices y han optado por tajar de plano el orden biológico de los destinados hijos de Eva. De los que creen que pueden ir mas allá de los designios naturales, supliéndolo con el atajo mortuorio del asesinato, la barbarie, la mala atención medica y hasta con el suicidio.





Ella tiene miedo. Mucho miedo. Se le nota demasiado en los ojos, en los brazos, en sus manos, en todo su ser. Toma una pastilla de un color violáceo para autoinducirse la ilusión de calmar el dolor que este miedo le invade. No sé si eso sea el mejor remedio para mitigar el dolor de saber que pronto se va a morir, pero por lo menos le desorbita los ojos que se hunden en su figura cada vez mas pálida y la lleva de nuevo a la cama, dándole cincuenta minutos de paz, de un descanso fármaco, antes de ser despertada por sus demonios, por sus pecados, por sus deudas y por su temor a morir.



También a mi lado esta un hombre de más o menos unos setenta años que personifica a la perfección las almas torturadas de algún fragmento del poema de Dante Alighieri. Es un hombre de contextura famélica, postura cadavérica y con una mueca mortuoria que relata fácticamente el sufrimiento de alguien que en sus buenos años, dedico su vida a la bebida, al derroche, a las mujeres de vida alegre, al sedicioso maltrato infundado a sus hijos, a la dilapidación de sus bienes y que ahora la vida le cobra con un enema cerebral, un cáncer de hígado y una lacerante soledad producto del abandono entendible y justificado de la familia que tanto desprecio, humillo y maltrato. Esa familia que ahora añora con sus ojos desorbitados, sus lamentos inentendibles y un solo nombre entre sus frases entrecortadas: María.



Por eso y en este punto de mi existencia es cuando me remonto a lo que fui, a lo que me dedique en mis años en los que no necesitaba de tubos, respiradores, enfermeros indolentes y las lagrimas tristes de los que me quieren y que por eso mismo no entienden que en ocasiones a los barquitos de papel hay que dejarlos ir. Hay que soltarlos de la orilla y permitirles que lleguen al mar, o quizá, con suerte, al océano. Donde, entre delfines, aves de alto vuelo y el reflejo de diamantes que hace el resplandor en el mar se pueda disfrutar de la brisa y no tener que inhalar el molesto oxigeno de una pipeta que impulsa este respirador artificial que ahora me infla el pecho. Este que busca que mis pulmones me den un día, una hora, un suspiro más. Uno solo, para este enfermo y fatigado corazón.

miércoles, 4 de enero de 2012

10 COSAS QUE INDICAN SI USTED ES, O NO UN GUISO



En la vida no estamos sujetos a negar ningún tipo de patrón y/o molde para estar acorde con las cosas, de hecho, hay miles de ejemplos palpables y vivenciales que pueden ser sujeto de nuestra admiración y que añadimos a eso que somos, por medio de la conveniencia, la necesidad, la oportunidad, el facilísimo o por medio de una natural aprehensión de lo que estos mismos formulan.



Yo en lo personal he mutado entre varios y por medio de mi inconstancia y compleja pluralidad, he adoptado ciertos criterios y ciertas formas de pensar. Desde el punk (con la Creta a punta de gel y botas punta de acero en el colegio), el grunge (dejadez total en las vacaciones de mis papas en la finca de mi abuelita) hasta la “ñoñez” y radical formalismo de mis audiencias en el sistema oral y acusatorio que han derivado de mi ilustrada, controvertida y amada carrera profesional.



Este escrito no pretende ser un vademécum teórico – conceptual de lo que se debe o no hacer. No, por el contrario y de antemano, aclaro que estas conductas por mi detalladas y enumeradas en una decena de situaciones, que cualquier ser humano ha adoptado y que por lo tal no deben ser tomadas a pecho, ni rechazadas. Simplemente recordadas, añoradas (por el guizo atorrante), o simplemente anexadas a la lista de hábitos por abandonar. Así, y sin querer extenderme aun mas en esta humilde antesala, acá están las diez cosas que indican que usted es, fue o será un guiso:



1. Tuvo una novia que se llamaba: Karina, Dayanna, Angie, Hasbleidy, o si es mujer un novio llamado: Jefferson, Steven, Sneidder, Michael o demás nombres coartados al fracaso (o acaso en Colombia ha habido presidentes, miembros de la junta directiva de fenalco, etc con esas “bellezas” de nombres?).



2. Va a un buen restaurante, donde todo es bonito, estético, acogedor y chifla al mesero.




3. Si cuando esta tomado pide algo de comer muy grasoso (en exceso) y condimentado para que se le baje la borrachera y la grasa “corte” el alcohol.

4. Colecciona latas vacías de cerveza, gaseosa o lo que sea en su cuarto.




5. Estrena ropa el 24 y 31 de diciembre (ropa costosa, fea y maquinada) y si no lo hace se siente como el ser más despreciable, ruin y triste del planeta. Mejor dicho, un paria es un yuppie de la 93 al lado de usted.



6. Si cuando le molesta, incomoda, ultraja o emberraca algo dice una frase tan absurda, estúpida, descerebrada y alienantemente estúpida como esta: “gas llave”.



7. Si va a pasarla rico a un buen bar de tierra caliente (a excepción de una fiesta en la playa) y usted va en pantaloneta (y me importan tres pedazos de Uribe Vélez si su pantaloneta es de marca!).



8. Si a su novia(o), esposa (o), amante o lo que sea, usted le dice: “papi” y/o “mami”.



9. Si cada vez que usted va a pagar una gaseosa de tres mil pesos, saca el fajote de billetes. Acéptelo un guizo, o entréguese, usted es un traquetin lavaperros.



10. Si compra una botella de cualquier buen whisky en un bar pagando un proceso excesivo por su proceso de elaboración y le pone hielo para sentirse más sofisticado (dañando el proceso de añejamiento, elaboración, cuerpo y bouquet del licor