jueves, 5 de enero de 2012

PAGINA UNO, TAL VEZ DOS


Son casi las cuatro de la mañana y la noche conjuga con el día un espectáculo con firmamentos estrellados entre alboradas venideras y nubes que hacen apologías sobre las nebulosas boreales de los programas de ciencia y los paisajes siderales de cualquier escenario de la guerra de las galaxias. El silencio de la habitación se expande como la vida de una gota que cae en un estanque de agua y tenuemente se va ampliando, hasta llegar con una sutileza casi imperceptible a la orilla. El techo de la habitación es blanco y da espacio para llenar su simplicidad etérea, con todas las olas de recuerdos que van llegando a la mente, marcando una pauta en lo que es, lo que ha pasado y lo que aun se añora entre sueños rotos, corazones descompuestos, nostalgias cada vez más grandes, años felices y los días de cielos despejados, en los que con solo una bocanada el mundo bastaba para sonreír. Veo todos estos objetos quirúrgicos y medicos que previamente se han seleccionado entre un vademécum de maquinas respiratorias, sondas, catéteres y maquinas de electrocardiogramas que en este momento se ligan a mi cuerpo con la intensión de no dejarme pensar, de no dejarme morir, de no dejarme acceder al derecho de poder decidir por mí.



Soy viejo y estoy en la habitación de una clínica con gente igual, o más enferma que yo. Con gente que solo espera que los días pasen para que el médico les dé una buena nueva que de seguro no llegara, o para que una enfermera indolente les limpie las inmundicias que trae consigo el no poder valerse por sí mismo. Gente que vivió, sufrió, trabajo y lucho por buscar una felicidad falsa que fue desmoronando con los días y que ahora los tiene aquí en el borde de una espada esperando cualquier viento leve que los arroje a los brazos de la muerte. Gente como yo. Gente tan parecida y tan reflejada en mi propia existencia, que hasta a mi mismo orgullo lo arruga como la hoja de un ensayo destinado al fracaso.



Entre esa gente homogénea con mis tragedias esta una mujer. Una mujer llamada rosa, de tal vez unos sesenta años. Delgada, de facciones nobles, bien vestida y de acento porteño que se levanta cada hora de su cama y camina hasta donde está el enfermero que cuida en las noches, la sala de los que no tenemos más remedio que esperar que las horas pasen y se lleven nuestro pulso. Va siempre en su tono peculiar y le pide una pastilla para el miedo, un miedo que la agobia, la atormenta y la hace sufrir. Un miedo que hace unas diez noches, con sus horas, sus estrellas, sus lamentos de los que tienen cáncer terminal y sus interminables cambios de suero, explico al enfermero que radicaba en la muerte. Si, a muerte. Esa cadavérica imagen que se camufla entre accidentes de tránsito, abortos, cirugías a corazón abierto, comida chatarra y como en el caso de un país tan demente como este, en las balas de los que no ven mas allá de las narices y han optado por tajar de plano el orden biológico de los destinados hijos de Eva. De los que creen que pueden ir mas allá de los designios naturales, supliéndolo con el atajo mortuorio del asesinato, la barbarie, la mala atención medica y hasta con el suicidio.





Ella tiene miedo. Mucho miedo. Se le nota demasiado en los ojos, en los brazos, en sus manos, en todo su ser. Toma una pastilla de un color violáceo para autoinducirse la ilusión de calmar el dolor que este miedo le invade. No sé si eso sea el mejor remedio para mitigar el dolor de saber que pronto se va a morir, pero por lo menos le desorbita los ojos que se hunden en su figura cada vez mas pálida y la lleva de nuevo a la cama, dándole cincuenta minutos de paz, de un descanso fármaco, antes de ser despertada por sus demonios, por sus pecados, por sus deudas y por su temor a morir.



También a mi lado esta un hombre de más o menos unos setenta años que personifica a la perfección las almas torturadas de algún fragmento del poema de Dante Alighieri. Es un hombre de contextura famélica, postura cadavérica y con una mueca mortuoria que relata fácticamente el sufrimiento de alguien que en sus buenos años, dedico su vida a la bebida, al derroche, a las mujeres de vida alegre, al sedicioso maltrato infundado a sus hijos, a la dilapidación de sus bienes y que ahora la vida le cobra con un enema cerebral, un cáncer de hígado y una lacerante soledad producto del abandono entendible y justificado de la familia que tanto desprecio, humillo y maltrato. Esa familia que ahora añora con sus ojos desorbitados, sus lamentos inentendibles y un solo nombre entre sus frases entrecortadas: María.



Por eso y en este punto de mi existencia es cuando me remonto a lo que fui, a lo que me dedique en mis años en los que no necesitaba de tubos, respiradores, enfermeros indolentes y las lagrimas tristes de los que me quieren y que por eso mismo no entienden que en ocasiones a los barquitos de papel hay que dejarlos ir. Hay que soltarlos de la orilla y permitirles que lleguen al mar, o quizá, con suerte, al océano. Donde, entre delfines, aves de alto vuelo y el reflejo de diamantes que hace el resplandor en el mar se pueda disfrutar de la brisa y no tener que inhalar el molesto oxigeno de una pipeta que impulsa este respirador artificial que ahora me infla el pecho. Este que busca que mis pulmones me den un día, una hora, un suspiro más. Uno solo, para este enfermo y fatigado corazón.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario