Al fin escucho que suena la campana del noveno round y voy en seguida a buscar el alivio de sesenta segundos que me da el banquillo, mientras mi entrenador amenaza con tirar la toalla, para parar la masacre sin sentido. Intenta infructuosamente razonar conmigo, mientras me voy perdiendo en divagaciones y muy lejos de mí, siento las manoteadas y los reclamos que me hace en la cara. Balbuceo un par de frases, en las cuales le explico que es mi última pelea, mi último chance, mi último boleto a la gloria y que de esto prefiero salir muerto, antes que rendirme bajo el amparo del pañuelo blanco, que ondean los miserables para no luchar más, para rendirse, para ser uno más de esos mortales que viven vidas aburridas y van ocho horas a mendigar en un cubículo de cuatro metros por cuatro.
Suena la campana y escucho la multitud sedienta de barbarie. Aprieto mis puños y me lleno de coraje, de susto, de miedo latente y de rabia hacia mi oponente. Aprieto las manos, pero el cuerpo me falla, pierdo el aire y le doy paso al mismo guion que se repite y me castiga con rectos de izquierda, ganchos lacerantes y golpes al hígado, que se alternan, en una tortura inquisidora que me va menguando el alma, las fuerzas y eso de lo que están hechos los grandes luchadores. Las cuerdas me aprietan la espalda, me siento como esos héroes en el precipicio del hades, que contienen la fuerza de mil espartanos y veo como mis piernas se van debilitando sobre la inclemente y cada vez más próxima lona. Mi cuerpo flaquea ante el peso inequívoco de mi derrota, mientras lo que llamo mundo, se derriba a mi lado, entre los flashes de las cámaras fotográficas, las risas vacías de los apostadores y las luces incandescentes del improvisado coliseo. Caigo, y la vida se me va en cada número que escucho vociferar al referee. Mientras en la cuenta progresiva, se va plasmando en cifras mi descenso a los infiernos, después de las glorias de juventud, que se fueron por el aire y se dilapidaron en malas decisiones.
1!!!. Veo a mi contendor riendo.
2!!!. El entrenador de mi adversario frunce el ceño.
3!!!. Mi entrenador corre con cara de espanto hacia mi humanidad maltrecha.
4!!!. Diegooooo, estas bien Diego?, te lo dije, te lo dije maldita sea!
5!!!. Los gritos cada vez más lejanos de la multitud llena de euforia.
6!!!. Escucho al juez gritar algo como: “paramédicos, paramédicos por favor!” ..........................
Ya no hay más ruido, no hay más emoción, no hay más conteo. Solo queda mi inerte despojo sobre la lona, mientras un paramédico intenta con ráfagas de electrochoques hacer que mi pecho se reanime, sin saber que mi conteo ya llego al final hace mucho. Mucho antes que empezara esta pelea, en este bar de mala muerte, en este laberinto de pugilistas fracasados. El final de mi carrera descendente al infierno que aparte con fondos que ahorraron mis decadencias, mis noches de vodka y mis días sin suerte…
5!!!
4!!!
3!!!
2!!!
1!!!
...................Eternidad.



