
Sacando conclusiones ligeras y solidas sobre el momento histórico que me toco vivir en una existencia concebida en los ochentas de cabellos largos, rock & roll, el auge bestial de la cocaína, los Guns & Roses y la guerra fría que calentaba con cada noticia, las mentes de algunos tiranos en el mundo. Unos noventas llenos de “Penso Positivo” de Lorenzo jovannoti, Tamagotchis, labores escolares, libros tortuosos de García Márquez y el nirvana que producía el grunge de Kurt Cobain y otros sonidos que invadieron mi cabeza llena de navidades llenas de pólvora, fiesta en la calle y esa cofradía maravillosa que entre bicicletas, ciclovia, películas en Beta atesoro entre mis amores mas íntimos y de la cual aun conservo algunos rostros, entre ellos la amistad de Alejandro Suarez, un loco mas, de los muchos locos con los que crecí.
Una infancia llena de supernintendo, “yermis”, ponchados, “juete quemado”, escondidas de diversas nacionalidades y naturalezas, y rodillas raspadas. De domingos sin resaca y de pizza los sábados al lado de la cancha de futbol del conjunto. Una infancia todopoderosa por los dones ilimitados de la emulsión Scott, que con su hígado de bacalao, nos protegía de cualquier calamidad parasitaria y/o bacterial. Una generación que emergió de cosas lindas, que solo se pueden vivir en la inmediatez de las nostalgias y que ahora extraño de forma absoluta, al darme cuenta de que soy uno mas de los que fuimos elegidos para ser algo que denominare “la generación empalme”.
Esa generación que viene de los días en los que la memoria y las vivencias compartidas y no una nota en la parte superior derecha de la pantalla del computador, nos recordaba que un amigo del alma estaba cumpliendo años y que por ello debíamos ir a su casa y abrazarlo. N como ahora que con un insulso “feliz cumple!” en el wall basta. Esa que para dar un beso no tenía que publicarlo o que para escribir algo sincero, debía mandarlo vía inbox. Esa generación que viene de un mundo mas ameno y fácil y que ahora se ve agobiada en el inmenso y turbio mar, que nos concede la tecnología y la funesta caracterización de convivencia que promocionan las redes sociales y su individualización masificada. Un mundo actual que nos desborda de información y redes algorítmicas que nos permiten tener miles de contactos, pero que no nos ofrecen compañía alguna, dejándonos aun mas solos y perdidos dentro de un mundo cada vez mas difuso y extraño.
Una generación como la mía que no entiende como aun habiendo terminando una carrera profesional, se persista en esa desazón e inestabilidad económica que ahora sucumbe a los que estamos cruzando la mitad de los veinte y que desesperados buscamos lineales de éxito a costa de todo, aun a costa de nuestros sueños. Somos de esa generación que empalmo con grandes acontecimientos, pero que nos quedamos añorando un pasado bonito y enfrentando un futuro siniestro llenos de cambios climáticos, guerras por petróleo, globalización lacerante y un capitalismo que poco a poco nos va carcomiendo las llagas y nos va automatizando, en un modelo de esclavismo moderno sin grilletes, ni látigos, pero si con módulos de oficina, vidas alienadas y empleos mal pagos.
Un infierno que retrato días como hoy, de lunes gris, café amargo y preguntas y mas preguntas. Un efecto bilateral mas del cambio climático y la ingesta excesiva del alcohol, supongo, aun cuando el tema de discusión con mis contemporáneos es siempre el mismo. Pero igual y como dice el adagio popular: 2Mal de muchos consuelo de tontos"...
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