
(Foto por: Diego Castro)
(Música de Edith Piaf y su canción " Non, Je Ne Regrette Rien")
Toda la realidad se observa desde un punto de vista externo a veces, que en momentos de claridad y lucidez, pueden conducir a la embriaguez que acarrea el ser conscientes, de que el constante flujo de axiomas de lo que denominamos realidad, no son más que espejismos a los cuales les damos juicios de valor y categorizamos en determinados nombres, lugares, importancia jerárquica o poder piramidal.
Llamamos: mi casa, mi novia, mi madre, mi ciudad, mi patria o hasta mi vida a un conjunto de algoritmos que no nos pertenecen y que solo forman parte del compendio de sombras que conforman la penumbra caracterizada por nuestros sentidos. Una macabra concepción de propiedad que poco a poco la vida nos va diezmando, cuando nos quita de un momento a otro lo que hemos trabajado por años, nos restringe con lo que hemos soñado o se nos lleva a los que más hemos querido.
Esta noción de propiedad es parta mi la piedra angular de todos los conflictos existenciales del ser humano y detonante inherente de guerras, hambrunas, violencia, ultrajes, capitalismo salvaje, religiones y demás lastres que trae la larga y desoladora historia del paso de la estirpe humana sobre este lánguido mundo.
Nada ni nadie pertenece a nada. No somos una obra perfecta, ni llegaremos a serlo. Somos solo un punto más en el plano cartesiano de la creación. Un conjunto de átomos que instauran improperios, crean bombas nucleares, envían niños a la guerra y que se ufana y sustenta la crueldad, sobre pilas de papeles de colores más conocidos como billetes. Papeles que doblegan conciencias, esclavizan y alienan por 48 horas semanales a millones de seres autómatas y que crea la insulsa y utópica convicción de que somos todopoderosos e inmortales.
Desde la percepción del capital vamos por el mundo siguiéndonos por el último grito de la moda (la moda grita?), el último modelo de auto, el sector más exclusivo, el reality más precario y popular o cualquier descuento o muestra gratis de supermercado. Vamos estableciendo espejismos sobre un obvio ciclo que algún día terminara y que solo nos hace ahondar en el gran vacío que el ego demarca sobre nuestras pobres y caducas existencias.
Escribo esto no por querer reincidir en un punto que me agobia constantemente como lo es la muerte y lo superfluo que es nuestro paso por este valle de lágrimas, sonrisas y galletas de sal. No. Solo lo hago con el ánimo de reflexionar en un mundo viciado por la estupidez (esa que también caracteriza mi vida a veces), la inercia mental y la poco y cada vez más escasa conciencia de que somos tal vez uno de esos recuerdos que algún día se perderán en el viento, como se pierde un grano de arena en una inmensa playa.
Eso somos. Una bomba de tiempo con diferentes cuentas regresivas que en cualquier momento estallaran, dejando tan solo un: “tan buena persona que era”, un suspiro, un llanto, una anécdota, un legado, un hijo y así hasta que solo formemos parte de un pasado amorfo lleno de rumores, mitos e historias que nos devolverá esa naturaleza que tanto nos empeñamos a negar. Ese olvido que tanto nos negamos a aceptar…
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