
(Música del grupo español Jarabe de Palo y su canción Romeo y Julieta.)
Son muchas las veces que optamos por vivir en un mundo de fantasía, que inventamos en esos días donde la diligente soledad, con sus malos e inoportunos consejos nos hace errar y nos lanza al vacio, por despeñaderos rocosos. Inventamos mundos insostenibles en la individualidad y creemos que lo mejor es citarse con alguien y poner en practica los mensajes de esquela noventera, los diálogos de novela mexicana o el guion de una comedia romántica gringa.
Así es como permitimos que un ser ajeno a nosotros en medio de cafés, música bohemia, parranda vallenata, comidas exóticas, baladas suaves, tequilas baratos, detalles repentinos, rosas rojas, y demás, se empalme a nuestra cotidianidad con la intensión parasitaria, de instalarse en la materia gris de nuestro corazón, que impulsa las arterias del alma.
De ahí nos enamoramos y pasamos a ser parte de una comunión bipartita, sobre la cual fundamentamos nuestros sábados, domingos, economía y sentimientos. Labramos un binomio lleno de anaqueles agradables y peleas desgastantes, que pronto se convierten en una cotidianidad progresiva, que se nos va calando con cada día, cada tramo, cada beso, cada experiencia y que va dando forma a un sentimiento tan intangible y diverso como lo es el amor.
Seria impertinente de mi parte, hablar del después de ese producto perecedero llamado amor. Ya que por su misma naturaleza e inestabilidad, se deben respetar sus variables, que en determinados casos generan estabilidad o el caos total de la vida del que lo asuma. El amor tiene tantas definiciones como personas que se atreven a definirlo y hacer dogmas no es propiamente lo mío. Carezco de autoridad moral en este tema y creo que más de una teoría propia, se ha ido cayendo en el fondo de la papelera. Ojala las cosas fluyan, ojala al final no duela tanto…
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