lunes, 10 de septiembre de 2012

JULIANA








Por parajes desolados transitan las ansias de Juliana, mientras las cargas de la vida se hacen cada vez mas insoportables y se aploman cada día mas, las inclemencias de una vida sin bitácora y sin rumbo fijo. Deambula entre hordas de maniquí es, humo de cigarrillo, empleos mal pagos y una familia disfuncional que le desgasta y espanta, el mediano placer de tener un sueño decente. Un sueño de esos que fabrican en masa los programas infantiles, o esos que se trazan desde pequeños, los que anhelan desde chicos ser bomberos, policías, terroristas árabes, o simples y vulgares políticos.






Camina y baila en medio de luces acarameladas que se instan a mover su humanidad, mientras los ritmos suntuosos de los tambores, van dándole versos de percusión a los poemas maltrechos de los que habitan el inframundo de los prostíbulos de la famélica athenas sudamericana. Prende un cigarrillo y en cada bocanada, ve como el rojo escarlata del pucho se va poniendo a tono con los bombillos rojos que con intermitencia, van dándole ambientación al laberinto de soledades, almas estriadas y alcholicos derrumbados que sostienen su existencia por medio de un grillete liquido que cada vez los va hundiendo mas.







Juliana tira la colilla y bebe un vaso de ron hasta el fondo, para reponerse al instante de una noche de sábado cargada de cinco hombres, que sedientos de su cuerpo han pagado, una cifra considerable y que ahora yacen babeantes al lado de una improvisada pasarela, donde “erika”, otra prostituta del lugar, hace su coreografia, llena de sensualidad desabrida y poses vulgares, que incitan a seres aun mas vulgares, a dejar billetes de baja denominación en sus calzones y el resto del contenido de sus billeteras en la cuenta del bar o en retribución por una precoz eyaculación.






Mientras estas divagaciones van aflorando, el contenido del vaso baja por su garganta , y como bálsamo reconfortante, le van dando matices mas amenos, que llenan de color su palida piel. Observa el contorno lleno de meseros de sonrisa impuesta y clientes con las pupilas dilatadas por el festín de la carne y la lujuria, que se imparte a diestra y siniestra en el lugar. Llega por fin otro cliente. El mismo dialogo, las mismas risas patéticas, los mismos guiños, los mismos regateos y en fin, la misma mecanización del marketing sexual de cada noche.






Se paga lo acordado, suben al segundo nivel donde los espera un hombre de mirada extraviada por la cocaína, que les da los anticonceptivos. Caminan por el pasillo lleno de puertas a lado y lado y por fin entran a el pequeño cuarto, que, provisto de una cama mil veces ajetreada por las embestidas de la lujuria instantánea los insta a despojarse de la ropa. Juliana mira boca arriba el espejo gigante del techo, mientras el sujeto de tal vez unos cuarenta años enviste su humanidad. Mientras ella se va difuminando por senderos en los que es una buena mujer, que espera a su esposo y sus hijos, con galletas recién horneadas de una receta que tal vez vio en un matiné de programa culinario. mientras cree que la vida no la ha hecho declinar las ganas de ser algo mas que un cuerpo que recepciona sujetos con discrepancias sexuales, vidas de doble cara y miles de complejos banales.





Dolor.

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