Lo mas probable es que nadie la conozca, pero yo me di el gusto y puedo decir que si. Gracias por todo Elsa Herrrera.
Transitamos un sendero inevitable desde el momento en el que
le abrimos los ojos al mundo y a la vida. Desde ese preciso instante en el que
abordamos nuestra existencia desde el repertorio de nuestras oportunidades, el día
a día que nos infiere el marcado trazo de nuestro destino y las decisiones que
vamos tomando en torno a él. Delimitamos nuestras acciones a medida que
crecemos y tomamos experiencias, edificando nuestro estilo propio y fundamentamos
nuestros excesos e inhibiciones con base en las vivencias buenas o malas,
negras o blancas, celestiales o infernales. Nos levantamos cada mañana con la insulsa seguridad de que somos piezas
indispensables para el universo y el molde irrepetible de superhumanos que la
masa debe seguir. Nos iluminamos en búsqueda de una infame perfección que nos
fue implantada por el imperio de los egos que nos corroen y secan las entrañas.
Es ahí, en la cúspide
de nuestras banalidades, que llega la muerte atenta y paciente para recordarnos
que solo somos una anécdota pasajera que en la mayoría de los casos roza la
existencia de unos pocos y se difumina de un fugaz estallido de llanto,
remordimientos, lamentos, flores fúnebres, caras largas, tinto tibio y mocos en el infinito firmamento
del olvido. La muerte sensata como siempre, aguarda para llegar en el momento
preciso y desbarata violentamente todos los imperios que la mente volátil de
los soñadores ilusos forjó. Imperios que se caen de su propia levedad y que
llenan las mentes de las almas alienadas que se llenan de fantasías que
justifican la esclavitud remunerada, por la cual se permutan sueños y se fabrican cortinas de humo para cubrir la
visceral y cruel realidad.
Pensamos que con tener un auto, una casa, un perro que bata
la cola cada vez que nos ve, una esposa que siempre este ahí y un empleo estable perpetuamos la vida y
aseguramos nuestra existencia en este mundo. Somos tan temerarios que hasta
postergamos nuestra felicidad presente por castillos en la arena que sustentan
aplazar la vida misma en busca de una pensión mensual en detrimento, postulada
a un futuro incierto. La muerte es la maestra en todo eso y por ello nos corona
y gradúa con su presencia en nuestro último suspiro. Por eso es que nos leva,
nos limpia y nos desmaterializa a su antojo, sin consultarnos, sin pedirnos una
opinión sin siquiera avisar.
La muerte nos fulmina
y es por eso que tanto le tememos. Porque el hecho de desaparecer y aceptar
nuestra realidad nos amarga, nos corroe, nos da pánico. No aceptamos que el
universo fluye así no estemos y nadie es indispensable por mas malo o por mas
bueno que haya actuado en esta obra siniestra y teatral. Todos somos un
acontecimiento circunstancial que se detiene cuando el corazón deja de latir. Somos
mamíferos deseosos que buscan desde el talón de Aquiles de su raciocinio la
eternidad aun cuando sabemos que para nosotros no existe.
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