miércoles, 2 de noviembre de 2011

CAMINAR: UNA BUENA EXCUSA PARA VIVIR


Las horas se mesen y dentro del mar que acobija las islas remotas de nuestras eventualidades se van tejiendo pequeñas marañas que se enredan entre delfines, inapetencias, malos entendidos y tiburones que con colmillos de serrucho anuncian el peligro de las aguas lejanas y los mares oscuros. Las calles de la candelaria van dando los matices y anuncian lo que será una tarde llena de transeúntes poco agraciados, habitantes fluctuantes, libros gastados, conversaciones poéticas sobre la inmensidad de las frases altruistas en un presente de monedas en los bolsillos y cuentas bancarias estalladas por el ocio.

Uno camina por las calles del centro y da a parar a los paisajes más inhóspitos y bonitos que se puedan dar. Desde una bella biblioteca vieja llena de las necesidades de todos los que como arma tomamos a un libro, hasta un bar de hippies cincuentones que dan cátedra en temas tan apasionantes como las drogas duras, los libros de Henry Miller y los peligros de las patrullas policiales que inundan las calles no para cuidar de la gente sino para camuflarse ávidamente con las ratas.

Caminar es más que un ejercicio que incrementa el ritmo cardiaco, la respiración y ayuda a disminuir la presión arterial. Caminar es ir de la mano con nuestra propia concepción y visión de lo que llamamos propio para que en contexto se pueda dar una idealización de lo que nos rodea solamente, con lo que tenemos consignado en nuestras cabezas y lo que el exterior instala o nos sensibiliza. Caminar es una fuente de reflexión mientras respiras un poco mas fuerte, mientras te sientes un poco más vivo.

El centro me gusta, aunque debo confesarlo, antes me gustaba más. Antes cuando la ciudad era más respetuosa, antes cuando la ciudad no te obligaba a salir corriendo a un transmilenio porque en cualquier momento se va a atestar de gente, antes cuando para revelarle a mis semejantes mi rebeldía iba a Vía Libre a ponerme uno, o dos o tres piercings y me ufanaba de mi bohemia tomando vino en el chorro de Quevedo. Antes cuando me gustaban por ratos los bares de tertulia vino tinto caliente, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, y decía cosas que de pronto en otro espacio ni siquiera brotarían. De todos modos este placer de domingo no lo cambio, y lo prefiero mil veces, en vez de estar tirado sobre un sofá, en mi habitación o sobre alguien que apenas medio conozco.

veo la gente haciendo ejercicio y puedo disfrutar de una tarde soleada, de libros que compre por dos o tres pesos y la prioridad de ser el protagonista de este itinerario urbano que me permite distraer mis ojos con cachivaches de tercera mano en el mercado de las pulgas y joyas musicales que habitan en la garganta de dos viejitos que entonan sones cubanos que van armonizando los pasos de las familias que vienen a mirar las mismas cosas que yo veo, pero cuidando que los niños y sus caprichos les hagan el quite a los vendedores de muñecos chinos y las despensas de golosinas.

Veo esto y noto de inmediato que irremediablemente esto me hace sentir vivo. Vivo a pesar de la falta de los que se me han ido últimamente y de los cuales son mis oraciones nocturnas. Veo esto y me libro de las cargas negativas que se van acumulando por tantos olvidos, recuerdos, peligros, amores, malos libros, responsabilidades y demás cosas que cada uno de nosotros debemos llevar para sentirnos un poco vacios, un poco llenos y un poco humanos a veces. Veo esto y calculo, aunque no con criterio íntegramente medico, que caminar no solo alivia las funciones motoras del corazón, sino que sirve para darle la mano a nuestros karmas y porque no, hasta ayuda a desaparecerlos por cada paso que se da por senderos como este…

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