miércoles, 9 de noviembre de 2011

LO QUE TE DA UN LIBRO, NUNCA TE LO DARÁ UN TELEVISOR


No soy de los que se la pasan horas en frente de la televisión y se escabulle en medio de idioteces, pocas palabras coherentes y productos cosméticos publicitados en espacios audiovisuales, que mal han denominado como programas, magazines, seriados etc , etc, etc. Tampoco soy seguidor de series gringas, de los que se saben hasta los guiones (tengo pésima memoria, de ahí mis descaches amorosos), y tampoco soy un “grupee” que colecciona cartas, fotos o hasta el pelo de algún ídolo televisivo. De hecho, no tengo ídolos, ni pienso decir la frase de cajón de que mis papas lo son, ya que nunca lo serán.



Creo que me apasionan mas las visceralidades de Bukowsky, la línea conceptual e intrínseca acerca de la realidad y el sexo de Henry Miller, la jocosidad urbana de Chaparro Madiedo, los intentos famélicos de Medina Reyes por parecerse a Bukowsky (aunque derive en entretenidas novelas) y las verdades en la cara, cargadas de una autentica y lacerante critica de la sociedad colombiana de Fernando Vallejo. Prefiero esto, antes de meterme de cabeza en una maquina a idiotizarme un poco más. Prefiero invertir mil veces mí tiempo en ciertas labores autodidactas que incidan en mi biblioteca, en el presupuesto de la biblioteca nacional, en mi vocabulario y que enriquezca mi léxico.



Solo cuando era niño me asomaba a ver de lleno la televisión. Solo cuando niño suplía ciertas inquietudes y ciertas emociones que necesitan de un orden audiovisual para ser disfrutadas. Cuando para poder ver televisión debía hacer pactos de estudio forzoso (solo en principio, después fue una deleitante constante)debía parar primero por los parajes propios del principito, los cien años de soledad de García Márquez o reanudara por “El pozo y el péndulo”,”La caída de la casa Usher”, o cualquiera de los cuentos que Allan Poe daba a mi mente para repasar por parajes fríos en medio del sol propio de las vacaciones de diciembre. Creo que eso era lo que antes si me gustaba de la televisión y mas los televisores, esos de talles en los muebles, que mas bien parecían armarios de un cuento de C.S Lewis. Me gustaba mas cuando la familia veía el programa de turno (sin realities decadentes, sin concursos estúpidos o novelas mexicanas como las de ahora, aclarando que la producción televisiva mexicana de antes era sorprendente) la familia reunida en un gran sofá y cada uno de nosotros llegaba temprano para tomar el mejor puesto, eso si, sin osar con tomar el control remoto (lo mas play y actual en el sentido tecnológico por aquellas épocas), ya que era de la exclusividad del abuelo o en nivel descendente, del que le siguiera en edad, es decir, mi papá.



Esas épocas eran buenas. Esas épocas en las que no llegaban extractos bancarios, recibos de pago y en la que no necesitabas ser un ejecutivo exitoso, para poder ser el mejor de la cuadra ya que con solo pintar tu bicicleta o dar puñetazos certeros bastaba para ganar fama, respeto y gloria. Cuando en la televisión las mujeres no tenían que mostrarse en cueros para demostrar el porque estar ahí y no se acudía a la estupidez para hacer reír a tarados que no saben porque es que se ríen. Épocas en las que hacia pactos con mi abuelita para una hora de televisión, pactos que consistían en leer ciertas lecturas leves que me ayudaron a abrir un apetito voraz, propio de los que buscamos en esas letras, en esos personajes, en esas historias y esos personajes, las herramientas que nos ayudan a volar hacia confines mas allá de lo que la alienación de los demás da. Esas letras que nos elevan y ayudan a soñar mas, de lo que un televisor 3D de mil pulgadas nos puede dar o siquiera insinuar.

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