La gente corre por las calles buscando refugio ante la
lluvia, que, inclemente, arremete por cada rincón de la fría, húmeda y oscura noche de la
ciudad. Van despavoridos, buscando refugio, de un fenómeno natural que incomoda
y espanta los asomos de cualquier cara festiva. Salen corriendo de la lluvia y
exteriorizan su malestar con caras largas, pasos rápidos, sombrillas enormes y
saltos, para evitar los charcos del diluvio que se impone, en el marco delgado
que instauran los espejos de agua del pavimento.
Corren y culpan a la
lluvia por su desgracia pasajera y eventual, para olvidar o desvirtuar, el hecho
de que también corren de sus propias vidas. Una vida que los exprime de sol a
sol por un par de monedas o una retribución
balbuceante y descendente llamada: hijos. Corren de existencias basadas en
anhelos fotocopiados, sueños coartados,
realityes descerebrados, detergentes anti-grasa y jefes con un arribismo
superdesarrollado.
Corren por un pánico existencial que los obliga a moverse rápidamente
para llegar a sus casas, cenar algo medianamente decente, dormir ocho horas y levantarse
a darle vida a esa muerte lenta, cínica y nociva que emerge de a pocos, como lo
es la rutina. Una estampida de bestias, que se escabullen en una remuneración mensual,
para mitigar el peso de esa burla macabra que termina siendo la adultez y las consecuencias que esta amputación existencial
acarrean.
La gente corre y culpa a la lluvia de sus desgracias. Es entendible,
total, siempre se debe culpar a alguien. Mientras tanto, yo disfruto el instante
y el como la lluvia corre mi cuerpo, empapando mi universo y mis zapatos nuevos…
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