miércoles, 17 de octubre de 2012

ZAPATOS EMPAPADOS


La gente corre por las calles buscando refugio ante la lluvia, que, inclemente,  arremete por cada rincón  de la fría, húmeda y oscura noche de la ciudad. Van despavoridos, buscando refugio, de un fenómeno natural que incomoda y espanta los asomos de cualquier cara festiva. Salen corriendo de la lluvia y exteriorizan su malestar con caras largas, pasos rápidos, sombrillas enormes y saltos, para evitar los charcos del diluvio que se impone, en el marco delgado que instauran los espejos de agua del pavimento.




Corren y  culpan a la lluvia por su desgracia pasajera y eventual, para olvidar o desvirtuar, el hecho de que también corren de sus propias vidas. Una vida que los exprime de sol a sol por un par de monedas  o una retribución balbuceante y descendente llamada: hijos. Corren de existencias basadas en anhelos  fotocopiados, sueños coartados, realityes descerebrados, detergentes anti-grasa y jefes con un arribismo superdesarrollado.




Corren por un pánico existencial que los obliga a moverse rápidamente para llegar a sus casas, cenar algo medianamente decente, dormir ocho horas y levantarse a darle vida a esa muerte lenta, cínica y nociva que emerge de a pocos, como lo es la rutina. Una estampida de bestias, que se escabullen en una remuneración mensual, para mitigar el peso de esa burla macabra que  termina siendo la adultez  y las consecuencias que esta amputación existencial acarrean.




La gente corre y culpa a la lluvia de sus desgracias. Es entendible, total,  siempre se debe culpar a alguien. Mientras tanto,  yo disfruto el instante y el como la lluvia corre mi cuerpo,  empapando mi universo y mis zapatos  nuevos…

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