Hace unos días iba con mi hermano menor, caminando para
almorzar algo en un centro comercial que
queda cerca de nuestra casa. Íbamos caminando por una calle transitada de esta
convulsionada Bogotá, esta ciudad, que nos vio nacer y que entre trancones
descomunales, días grises y brazos abiertos, nos acoge a propios y extraños sin
discriminar. Íbamos caminando entre
nuestras conversaciones cargadas de risas, bromas y cuentos largos, cuando una
imagen nos inquieto. La imagen no era
una transformación surrealista del entorno, ni un amanecer en el mediterráneo. No. Era una de esas
lecciones simples y profundas que da la
vida sin siquiera buscarla. La escena era esta:
Un señor invidente estaba tocando unos acordes con su
guitarra y en frente tenía un vaso en el cual los transeúntes ponían las
propinas o limosnas, por el arte que estaba ofertando. Hasta ahí todo normal,
no es raro ver en cualquier metrópoli una persona que por medio de algún talento
artístico, se gane la vida y sustente sus necesidades básicas por medio del
arte. No lo raro es que este personaje estaba acompañado de un sujeto que
muchos catalogarían con lenguaje despectivo como un “desechable”, “indigente”, “gamín”
y demás términos lacerantes que le pone la gente “de bien” a los que han sido más
bien desafortunados en esta montaña rusa llamada vida.
Cualquiera hubiera podido crear juicios sobre la presencia
de este sujeto, teniendo en cuenta que estaba el señor invidente en un estado
de indefensión evidente, que estos
habitantes de la calle por lo general buscan en el hampa un refugio para
mitigar sus necesidades que el vaso de
las monedas estaba a medio llenar. Un coctel propicio para que se diera la
conducta típica y delictiva por parte de este personaje cubierto de harapos
sucios, rechazo constante y soledades, que los llevan a la esquizofrenia y la
demencia. Esto mismo no ocurrió. Por el contrario fue interesante ver una discusión
entre dos extraños, cubiertos por calamidades diferentes, conjugar y hacer
catarsis de la realidad por medio de conversaciones sobre la calamidad de los
grandes músicos, los tenores y cantadores portugueses y todas aquellas cosas
que derivan de algo tan sublime, universal
e incluyente como lo es la música.
Una imagen que tal vez para más de uno pasara inadvertida
porque para la gente hay otras prioridades. Porque para algunos es más importante
ir rápido al trabajo. Porque para
algunas es más importante correr no por salud, sino para bajar la grasa que permitirá
ser el objeto sexual de cualquiera que la quiera desear y llevar a una buena
cama. Porque para algunos es mucho más importante estar pendiente de la vida de
un protagonista de portadas de revista. Porque
toca ahorrar billetes para que en la pensión se tenga para la diálisis. Porque para
casi todo el mundo, es más fácil apuntar el dedo, en vez de entender que las
fachadas y los estuches de las personas, son solo una más de esas tantas
facetas, que debemos interpretar en el papel de la vida. Que nos pasamos la vida
criticando, entablando sentencias y pensando que somos perfectos, cuando
instantes como los que relato anteriormente, dan por entendido, de que nuestra visión
del mundo es muy vaga y que así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo
sucio es siniestro.
Si quieren ver los músicos algún día, los he visto cerca del
barrio Pontevedra en la ciudad hermosa de Bogotá.

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