miércoles, 24 de octubre de 2012

JUICIOS APRESURADOS









Uno camina  por la vida sentenciando mediante estereotipos a los demás. Va catalogando al que viste traje, de doctor (así sea un ladrón de cuello blanco) y al que trae jeans y tenis, como un tal por cual (así sea un billonario como lo era Steve Jobs). Se van catalogando como productos perecederos todas y cada una de las personas con las que compartimos, con las que interactuamos y   las que vemos transitar por nuestros horizontes gráficos. Vamos pensando de manera plana y derivamos de estos mismos juicios erróneos de lo que en realidad son las personas y ese universo que se arraiga de ellas, haciendo de nuestro mundo real, algo no tan verdadero. Un universo presente, pero sin juicios claros de certeza.




Hace unos días iba con mi hermano menor, caminando para almorzar algo en un centro comercial  que queda cerca de nuestra casa. Íbamos  caminando por una calle transitada de esta convulsionada Bogotá, esta ciudad, que nos vio nacer y que entre trancones descomunales, días grises y brazos abiertos, nos acoge a propios y extraños sin discriminar. Íbamos  caminando entre nuestras conversaciones cargadas de risas, bromas y cuentos largos, cuando una imagen  nos inquieto. La imagen no era una transformación surrealista del entorno, ni un amanecer  en el mediterráneo. No. Era una de esas lecciones  simples y profundas que da la vida sin siquiera buscarla. La escena era esta:





Un señor invidente estaba tocando unos acordes con su guitarra y en frente tenía un vaso en el cual los transeúntes ponían las propinas o limosnas, por el arte que estaba ofertando. Hasta ahí todo normal, no es raro ver en cualquier metrópoli una persona que por medio de algún talento artístico, se gane la vida y sustente sus necesidades básicas por medio del arte. No lo raro es que este personaje estaba acompañado de un sujeto que muchos catalogarían con lenguaje despectivo como un “desechable”, “indigente”, “gamín” y demás términos lacerantes que le pone la gente “de bien” a los que han sido más bien desafortunados en esta montaña rusa llamada vida.




Cualquiera hubiera podido crear juicios sobre la presencia de este sujeto, teniendo en cuenta que estaba el señor invidente en un estado de indefensión evidente, que estos  habitantes de la calle por lo general buscan en el hampa un refugio para mitigar sus necesidades  que el vaso de las monedas estaba a medio llenar. Un coctel propicio para que se diera la conducta típica y delictiva por parte de este personaje cubierto de harapos sucios, rechazo constante y soledades, que los llevan a la esquizofrenia y la demencia. Esto mismo no ocurrió. Por el contrario fue interesante ver una discusión entre dos extraños, cubiertos por calamidades diferentes, conjugar y hacer catarsis de la realidad por medio de conversaciones sobre la calamidad de los grandes músicos, los tenores y cantadores portugueses y todas aquellas cosas que derivan de algo tan sublime, universal  e incluyente como lo es la música.








Una imagen que tal vez para más de uno pasara inadvertida porque para la gente hay otras prioridades. Porque para algunos es más importante  ir rápido al trabajo. Porque para algunas es más importante correr no por salud, sino para bajar la grasa que permitirá ser el objeto sexual de cualquiera que la quiera desear y llevar a una buena cama. Porque para algunos es mucho más importante estar pendiente de la vida de un protagonista de portadas  de revista. Porque toca ahorrar billetes para que en la pensión se tenga para la diálisis. Porque para casi todo el mundo, es más fácil apuntar el dedo, en vez de entender que las fachadas y los estuches de las personas, son solo una más de esas tantas facetas, que debemos interpretar en el papel de la vida. Que nos pasamos la vida criticando, entablando sentencias y pensando que somos perfectos, cuando instantes como los que relato anteriormente, dan por entendido, de que nuestra visión del mundo es muy vaga y que así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo sucio es siniestro.





Si quieren ver los músicos algún día, los he visto cerca del barrio Pontevedra en la ciudad hermosa de Bogotá. 

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