
Juan entraba a una heladería con el animo de comerse un rico helado de vainilla cubierto por dos o tres moras bañadas en una salsa de fresa que en un comercial de telenovela había deleitado con la mirada y ahora con un puñado de monedas devaluadas, de un país devaluado, con una moral devaluada y una memoria perdida, pretendía comprar.
Se acerco a la vitrina para echar un vistazo extra a los sabores que ya no iba a escoger por un capricho papilar y que pronto, también serian desechados por un impedimento económico que hace que el tercer sabor o los publicitados adicionales, solo sean exclusivos de las personas favorecidas por el buen karma económico. Las que no piensan en los precios cuando de estos se deriven sus bienestares.
Paga lo que le piden, le parece justo. Lame su helado y va a la terraza del centro comercial en el que se encuentra y disfruta de la implosión – explosión que desarrollan los sabores dentro de su boca y que apaciguan el aguacero que por instantes inunda su vida y sus ganas de respirar un poco mas en este profundo diluvio diario.
Sube el muro que separa la infraestructura del lugar y mira al fondo para ver al mundo que lo pisa a diario, como un gigante que desde el cielo ve los insectos que construyen edificios, hacen guerras, destruyen el planeta y lo circundan. Mira, salta y lame su vida en un instante, mezclada con vainilla, moras y fresas, hasta que el árido sabor del pavimento y los gritos de los aterrados transeúntes lo hacen despertar. Muerte.
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