
Silencio, soledad, tristeza, desazón y melancolía enmarcan el vulgo de las horas. El dolor hace que las heridas no soporten los embates de un ambiente cargado de sentidos pésames, omisiones tortuosas de otros, tintos, aromáticas, vasos de agua y lagrimas, muchas lagrimas.
La muerte es un instante más, una escena más de esta película llamada vida y que desde hace un tiempo corto eres consiente de ser el personaje principal. La muerte es un actor borracho que se ufana de su irresponsabilidad y viene cada vez que quiere haciendo lo que se le da la gana, sin consultas en el guion de los actores, el tiempo de las maquillistas o las órdenes del director.
A la muerte no le importa si debe llevarse al utilero de turno, al de las luces, al del telepronter o a la vedette que con su belleza engalana la serie. No, no le importa nada ni nadie, ni el hoy ni el mañana. No tiene consideraciones entre negros, blancos, amarillos o albinos ya que no es racista. No mide entre bebes, ancianos o de media edad. No distingue razones sociales, estratos socioeconómicos o estirpes familiares. No tiene un modus operandi definido y mucho menos nociones de etiqueta, glamour o protocolo. Te lleva en mitad de un festín, en un evento social, en la sala de un hospital, bañándote, en plena misa o follandote a cualquiera que te haya abierta las piernas.
Cuando en plena función. Estando en el furor de la propia interpretación, se te lleva a alguien que quieres, te das cuenta de que siempre esta hay. Acechándote. A la espera de un error, una ruleta rusa, un accidente de transito, una puñalada, un resbalón en el baño, un paro cardiaco, un cáncer, un sida, un balazo en mitad de la nada, una mala fuerza, un salto al vacio, un veneno o en tus propias manos.
Cuando la muerte se lleva a alguien que quieres te das cuenta de que ella esta cagada de la risa tras bambalinas y en una escena en la cual este contigo, será soberana e ineludible porque en ese preciso instante el siguiente en la lista serás tu.
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