
Hay días de profundo cansancio, pronunciadas ojeras y timbres a la puerta a las dos de la mañana. Días con infinidad de papeles, asuntos pendientes, retorcijones estomacales y tintos fríos. Una ensenada de pequeñas calamidades que hacen fruncir el ceño de manera inmediata desordenando el estable- inestable estado de animo que cobija la fecha en concreto.
Las sonrisas han sido desplazadas del léxico de la alegría y la amargura facial es la que nunca falta en los renglones inobjetables de la conciencia. A veces pasa que la vida nos pone frente al espejo de las adversidades para probar de lo que somos capaces. Nos pone en el filo de la navaja para concretar que es y de que esta compuesto nuestro nivel de gallardía y valentía. Por ello no hay que lamentarse y botarse a la pena en el rincón de los sinsabores y la desdicha, sino por el contrario reafirmarse en lo que se es para afrontar los impases de los días con la mejor cara y la frente siempre en alto.
Lo mejor para los días grises en todos los aspectos es mejor pintarse la cara (en sentido figurado, no hagan el ridículo) de colores, comerse algo rico y pensar que mas allá del desierto hay un oasis con coca-cola, pelotas de playa y una que otra chica.
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