viernes, 1 de abril de 2011

JAPON


Los instantes previos a una tragedia son como placidas interferencias de irracionalidad, donde lo imprevisto pasa a lo protagónico y las sorpresas hacen un contrafuerte prevalente a las barreras predispuestas de la cotidianidad.
Japón es el marco de mayor acción dentro de esta fluctuante y plural lógica. Un sacudón que nos dio la tragedia, proveniente de un mar que ni con toda la tecnología, previsión, intelecto, organización y demás premisas de la logística moderna, se puede hacer frente a fuerzas tan inhóspitas e indomables como las que contiene la naturaleza.
Muchas oraciones por un pueblo milenario que a pesar de las calamidades que provienen de un fenómeno natural tan radical como este, sustenta sus esfuerzos en la esperanza y no, en la tragedia y que con esta frase que transcribo del diario EL TIEMPO del domingo veinte de marzo del presente año, describo como un pueblo ejemplar esquematiza toda una filosofía frente a la desventura. Sin bajar la cabeza, sin pedir, sin mendigar nada, sin mostrar su dolor como una herida abierta:
- “Que el terremoto no nos derrote”.

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