
Uno asume su vida como un compendio de logros personales de proyección social que dan como resultado una acumulación de capital que garantiza y valida cada paso y acción que se efectúa. Esquematizamos nuestras vidas desde el punto de vista del poder de adquisición y tachamos de plano toda concepción de libertad enclaustrándonos en oficinas de 2 por 2 y conforme a sea nuestra evolución se van agrandando las dimensiones de nuestras futuras cárceles. No miramos a los demás por lo que son, sino por lo que tienen y en es mismo orden de ideas y ese mismo régimen valoramos más a las cosas que a las personas y tachamos de plano el derecho fundamental que nos diferencia de las maquinas: sentir.
De aquí nadie sale vivo, nadie se lleva nada, somos solo una mirada, un recuerdo, una canción, una frase, un momento, un lugar, un libro o cualquier cosa que la eventualidad y el caprichoso destino determinen. Somos eso y nada más. Lo peor es que nos metemos el cuento de la inmortalidad material teniendo propiedades, nombres, reconocimientos, trabajos, y hasta hijos y nos olvidamos de vivir…
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