
Ráfagas fugaces y sonidos de silbidos mortales se labran en el oscuro monte y las luces macabras de las carabinas y los fusiles forman un enorme pesebre bélico que con sus luces intermitentes apagan con cada embestida más de una lacerante vida.
Estoy solo en este infierno, aferrado a mi fusil. Una sinfónica macabra, perfecta, hecha de acero y que en su vientre lleva pólvora, plomo, odio, rabia, inconsciencia y en fin, todos los ingredientes necesarios para matar, destruir, cegar y callar. He recibido un entrenamiento riguroso físicamente y con efecto de detergente antibacterial en mi mente. La mayoría de compañeros han caído por algunas ráfagas malignas de mi izquierda y otros dos se atomizaron en torno a unas granadas.
Cuando era niño me aferraba al balón que me había obsequiado mi madre para matar los intervalos constantes de tiempo de los campos y la vida rural. Hoy estoy aferrado a mi fusil. Ese que me salva y me condena en cada incursión militar. Ese que pesa tanto como mi conciencia y los muertos que la residen y atormentan. Resisto una embestida de un grupo de cadáveres como yo que vienen por mí, sin importar que yo aguarde por ellos con las mismas intenciones.
Las balas vienen y van sin medir el tiempo, ni importarles la caída del dólar en la bolsa de new york, la reciente extinción de otra especie o los desmanes de la fuerza publica con la masa desesperada. A las balas no les importa nada. Salen y llegan a cualquier lugar o se detienen en el aire y caen en un huequito donde germinan, crecen y darán como fruto un tirano o un fascista loco.
Espero, divago, de vez en cuando disparo y después me aferro a mi fusil como aquel balón de infancia que me daba la confianza y la fuerza para resistir los golpes de mi padre y las hambrunas pasajeras que me llevaron aquí. Ese que abría mi imaginación a un mundo menos hostil y mas llevadero, un mundo sin tumbas, sin silencios, sin dolores y sin sopas llenas de tediosas verduras.
Hoy no estas aquí querido balón, hoy solo tengo entre manos un fusil y en la garganta un nudo que me asfixia y coarta las ganas de soñar, de vivir, de ser lo que cuando era niño soñé y quería ser. El cielo se alumbra. Las balas arrecian y con ellas sus luces dispersas y focalizadas. Pierdo las fuerzas y ya no aprieta mi mano con tanto fulgor y agarre mi fusil. Escucho voces desconocidas. Siento algo húmedo en el pecho. Si, allá donde hay movimiento constante, continuo, vital… donde esta lo que me rompió lucia el día que la encontré con Daniel, mi mejor amigo. Allá, allá empieza un charquito que se esparce y al fondo un silencio. Una bruma y entre el silencio y la inminente oscuridad, un:
- Acá hay uno, acá hay un guerileeeeeeeeeee……..
Duermo…
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