
Hay dolores que se esparcen como gotas de roció por el pensamiento y van a dar al pozo de la conciencia y dependiendo de las circunstancias o pasajeras lluvias. Dependiendo de la inundación y los estragos causados en diferentes escalas de tragedia se siente el pecho. A veces el dolor es un vacio en la mitad del estomago, un vacio que te deja sin animo y se te lleva las energías a donde va a tomar agua el sol, algo así como cuando a uno lo decepcionan y todo lo que somos se pone al ras con el piso, algo así.
Todas estas gotas se suman a un caudal rudo, rojo, verde, azul, morado o de cualquier color por el que estén cruzando nuestros pensamientos y la panorámica de vida que nos aprovisionen en el diario trajín. Se acumulan en las constantes esponjas de los recuerdos y se filtran por los manantiales de la nostalgia, la locura y el desamor. Estamos hechos de agua y por eso la corriente nos lleva, nos manipula o nos hace fluir en una armoniosa ola de emociones.
Debe ser eso, el agua. Somos cambiantes y nuestros pensamientos fluyen por las cataratas de nuestras emociones en una caída colapsante que deja cuando se conecta al sol un arcoíris de colores tristes, alegres y únicos…
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