jueves, 14 de julio de 2011

RESERVA FORESTAL


Tuve la inmensa oportunidad de ir a una reserva forestal que queda en cota, un pueblito entrañado en la sabana de Bogotá y compartir un rato de verdadero esparcimiento y desintoxicación del ruido, polución, ladrones, raponeros, tráfico colapsado y demás afluentes malignos que proporciona infortunadamente la ciudad.

Si quiero ser realmente sincero el plan en un principio no me animo mucho. Soy demasiado citadino como para ausentarme de mi propio infierno adorado demasiado tiempo. Soy de los que no soporta una finca mas de una semana y de los que temen por las oscuridades del bosque y sus miles de murmullos. Esta vez iba con una muy buena amiga, de esas que la genética no proporciono como hermana, pero que las casualidades y el destino forjaron entrañables lazos.

Entramos por un sendero frio lleno de eucaliptos egoístas, flores de colores, paisajes adornados por un peculiar olor a abono y el aroma de la vida en tensa calma a viva voz. Algo realmente genial y digno de la admiración de unos individuos de diferentes direcciones que vienen de la misma estirpe, esa que contamina, destruye y no para de colonizar su camino al fin. Vi águilas con amputaciones hechas por culpa de cazadores avaros, animales traumados por el maltrato, garzas fuera de su habitad por el desarraigo del hambre de expansión urbana que destruye los humedales y tristeza en las aves que algún día fueron libres.

Todo lo anteriormente descrito no es propiciado por esta reserva, no. Por el contrario esta se encarga de rehabilitar a estas maravillas de Dios y darles un hábitat, si no bien con las mismas características del natural, por lo menos uno donde no estén a la merced de las impiadosas manos sedientas de sangre y dinero.

Un recorrido esplendido, entre remembranzas, sabiduría indígena, tranquilidad natural que aflora en el espíritu y concientización de algo bello que estamos acabando. No soy un ecologista nato, ni soy Green peace, ni salgo con pancartas en lucha de la defensa de los animales. No. Acá no quiero plasmar un artículo mas que hable de la obviedad del respeto por los animales y nuestros biomas. No, solo quiero recalcar la profunda conmoción que me produjo el hecho de que a pesar de tanto dolor y tantas cosas malas que radicaron en estar bajo la protección de la reserva, ningún animal nos miraba con odio, ni rencor, ni había un reclamo o un: “hey porque nos hicieron esto?”, no. Solo vi bondad, respeto y hasta alegría por estar ahí, admirándolos y observando la majestuosidad de las águilas, la elegancia de las garzas, la austeridad de los lagartos, la belleza de las mariposas y la maravillosa combinación que hacen todas en conjunto.
Un espectáculo genial, que me invita a reflexionar la ventaja o desventaja de ser tan racionales como para fraguar venganzas, infringir dolor y extirparnos de tajo la noble virtud del perdón.
Gracias Tatiana pinzón, por la enseñanza que me dejaste!.

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