
Una inquietud se transforma en una búsqueda implacable y hambrienta de obstáculos nuevos, de diferentes procedencias y sentidos. Somos seres de retos cada contra lo transformamos en un pro automáticamente en una alegoría natural que procede de nuestro simple y complejo instinto de supervivencia.
Los días son pequeñas batallas que muestran el campo de batalla y dependiendo de los movimientos se logra la victoria o se sufre la derrota. Hay días sangrientos de ejércitos diezmados y otros de grandes discursos y hojas de olivo en la cabeza, con pueblos al fondo coreando tu nombre.
Los días son gotas que subyacen y se funden con el agua, dejando a su paso, ecos físicos de una onda expansiva que tenuemente se divisa y desaparece en el epitafio de los movimientos circulares. Los días son espacios que se dilatan y contraen sobre el lienzo del tiempo y dependiendo de lo que hagamos en ellos al final encontramos cestas llenas o despensas vacías.
De todo este trance se conocen y tienen días buenos y días malos. Ocasiones afortunadas y otras donde las sonrisas están mas que restringidas. Una diversidad que muy pocos manejan con paciencia, pero que en general aceptamos con resignación y apremio sabiendo que un día mas de estos, buenos y malos, no todos se lo pueden dar. Si no me lo creen, pregúntenselo a los que murieron ayer sin ver la alborada de este día que con sus malas y buenas se nos permitió.
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