
Hubo un tiempo en el que el pasar de los días no era un problema y el tiempo era tan insulso que en lo único que en realidad estaba latente era en los fugaces, alegres y esquivos minutos en el descanso jugando futbol con mis compañeros de recreo. Hubo un tiempo en el que saludaba a todos, sin importar su cargo, su posición socio económica, su raza, su condición étnica o su partido político.
Jugábamos pelota o lo que se presentara sin mirar trajes, marcas, autos, tarjetas de crédito o extractos bancarios. Tiempos en los que las ofensas se suplían con un “lo siento”, un “discúlpame” o una sonrisa. Todos esos tiempos de tolerancia y amistad se fueron al caño. Ahora somos felices desquebrajando orígenes, abucheando culturas, declarando racismos enfermos, dividiendo el mundo entre ricos y pobres y declarando guerras a pueblos llenos del flagelo de la miseria, con el presupuesto de las superpotencias.
Eso hacemos cuando crecemos. Nos educamos si podemos, acumulamos el capital que esta a nuestra disposición y despilfarramos nuestra vida, en venganzas, opresiones, rechazos, matanzas, suicidios, vicios pasajeros y lo peor de todo, viendo la televisión que nos contamina con mensajes comerciales que nos incitan a adquirir productos que no necesitamos, no queremos, ni utilizamos y que solo sirven para llenar nuestros espacios físicos dejando de lado la ausencia y desolación de nuestro interior.
Eso somos. Maduros homo sappiens en pro de un sistema capitalista que nos hace trabajar por cosas que no hacen falta y desplazan lo que realmente nos hace ser felices. Por eso cuando me dicen niño o se ríen de mis “niñadas” no me siento mal, por el contrario, hacen que me acuerde de lo que realmente es sentirse a plenitud y de la gran farsa que nos edifica en todos al crecer.
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