domingo, 17 de julio de 2011

LLUVIA, CENTRO Y MARLBORO LIGHT


Tengo las manos entumecidas por el frio que baja por los cerros orientales de mi amada Bogotá, salgo del transporte masivo y observo la lluvia que cae sobre los edificios llenos de memorias, papeles con términos prescritos y cubículos de oficina donde solo caben las personas que se las ingenian en un mundo anexo al aire puro, el sol de las playas y los atardeceres románticos. Froto mis manos para crear algo de calor humano. Ese que nos permite habituarnos a cualquier situación y da la posibilidad de darle un sentido a todo este desorden eclipsante que denominamos vida.

La ciudad, mi ciudad se inunda de gotas constantes que crean charcos gigantes e invaden los callejones de la candelaria formando paisajes venecianos que llevan consigo góndolas urbanas conducidas por taxistas temerarios, boquisueltos, particulares reyes de lo soez y desesperados que afligidos por las cuentas, el arriendo, datacredito, la corrupción, el exceso de clientelismo y demás calamidades se desfogan con el pito o arremeten dejando la dignidad de cualquiera mancillada por el exceso de malas palabras.

Un día más con sus proezas y barbaridades, mientras el humo de un marlboro light mitiga la ansiedad y los pulmones se llenan de nicotina en un trabajo mecánico que atonta a más de una neurona súper desarrolada. Hay frio, vértigo, luces, pitos, gritos, extranjeros, calor, fiesta y descontrol. Hay subidas, bajadas, fachadas coloniales repletas de afiches contradictorios y revolucionarios. Hay monjas que comparten la cera con las putas. Hay, y si de algo agradezco es que haya y por eso me encanta Bogotá, porque es el corazón de un monstruo de cuarenta y seis millones de partes que tiene un cuerpo envidiable y un alma macabra. Donde hay dos océanos, tres cordilleras, millones de toneladas de materia prima y también millones muriendo de hambre. Donde a los malos los reeligen y a los buenos los mandan a matar. Donde el agua abunda, pero se cobra al triple de lo que nos la compran. Donde sale mas barato no tener carro que tener. Donde hay necesidad de demostrar que no se necesita la plata para que un banco de cerdos españoles te preste.

Somos el centro de eso que los poderosos manejan pagando migajas, denominándonos como ilegales y prostituyéndonos como un travesti de cuarenta años. Somos átomos flotantes de una masa fofa, oscura y uniforme que si osamos unirnos podemos crear una bomba atómica. Ya no hay frio, el inclemente clima andino ha cedido un poco.

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