martes, 15 de marzo de 2011

UNA NOCHE DE MARIACHIS


Cantan los mariachis y apuntan sus frases dolientes y lastimeras a los receptores de corazones rotos, despechos de años, “tusas “petrificadas por el tiempo y lamentos de lo que pudo ser y no fue, y la contundente frase de los que se les paso la vida en el abrir y cerrar de un ojo: “todo tiempo pasado fue mejor”…
El ambiente solidifica en cantantes cuarentones frustrados, disfraces de lentejuelas gastadas, sombreros de charro gigantescos y de colores pálidos, e instrumentos gastados, casi tan gastados como sus vidas de sueños rotos e ilusiones que parecen convalecientes ante el implacable tiempo. Las mujeres abrazan a sus hombres y a mi cuerpo una mas se atenaza, como si su intensión, en vez de tocarme, fuera la de apretarme hasta quebrarme los huesos como lo haría una serpiente constrictor, produciéndome una sensación cercana al hastió por el hecho de rematar siempre en la misma escena, el mismo capitulo, la misma pagina del mismo libro, pero con un personaje femenino distinto.
Las luces siguen fulgurando en ese concierto de partes humanas, gruesos labios, piñatas de colores, y se dinamizan por la ostentosa guarida de los que comen toda la mierda del mundo en el amor, pero que se afianzan en los cimientos de sus falencias empuñando sus armas y abrazando a la prepago que este mas a la mano.
Es un espectáculo trivial, en un sitio clase alta del norte de una ciudad a la que marzo castiga con un frio que cala en los huesos y que obliga a los cuerpos a calentar el alma, al son de tequilas costosos, cuerpos usados y música de un rey sin corona llamado Vicente Fernández…

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