martes, 15 de marzo de 2011

DOS GATOS Y SIMONE


Esta es una historia a veces dolorosa, a veces jocosa, a veces reflexiva, a veces memorable y por unas pocas razones, única.
Gato se encontraba al borde del colapso, en una ciudad aun mas colapsada, en una relación felina irremediablemente colapsada, por una gata que colapsa recurrentemente ante su indomable alma felina, que la obliga a estar esclavizada por la curiosidad, terminando en las camas, vidas, sentimientos y leches tibias de otros gatos.
Es una historia en la que este gato permanecía confundido constantemente porque últimamente nada le funcionaba. Se caía de espaldas, cada vez que saltaba de techo en techo, ya no cazaba tantos ratones como antes, y su gata cada día se parecía más a un perro, un perro que no soportaba el mínimo maullido. Que cuando se le entregaban rosas, las dejaba al lado de los trastos del almuerzo y que cuando el gato le obsequio unos tenis de película (la idea de la compra de los tenis salió de un da en el cinema felino en el que la gata e dijo que unos tenis que le vio a una zarigüeya en el film le parecían divinos), y ella boto al piso para irse por tejados lejanos con su mejor amigo, un gato rosado y jocoso que conocía del colegio.
Gato se puso triste una vez más, y desato toda su ira golpeando una ventana maltrecha del centro de Bogotá, con unas conchas de mar que se encontró tiradas alrededor de la avenida Jiménez. Con cada concha arrojada al vacio, a la ventana, a los indigentes, a los niños mendigos, a los floreros rotos y la frustración de no poder entender, ni poder hacerle entender a su gata que ella era lo que mas amaba en el mundo, pero que su miopía sentimental le dolía. Le dolía mas que todas las mordidas de Bull dog juntas…
Los días pasaron entre leche tibia, conversaciones calientes y su gata cada vez mas fría, distante e invisible… Algo realmente desconcertante para el corazón de gato, que en las noches lloraba por la impotencia y desazón que genera el ser el único de la mesa con las cartas destapadas. Como se acercaba el cumpleaños de gato, y la niebla se disipo un poco, gata y gato viajaron hacia el calor en un bus intermunicipal lleno de vendedores de inútiles artículos texanos, gallinas, niños llorando, bebés llorando, paradas cada dos o tres minutos y la mirada perdida de gata…
Por fin llegaron al calor prominente de una ciudad de achiras, gente amable, acentos arrastradisimos y una sensación de pereza monumental. Llegaron a casa de los padres de gata y con una hospitalidad intachable, comenzaron las celebraciones pertinentes del cumpleaños de gato. Gata compro pastel de vainilla (el favorito de gato), alquilo un tejado para que sus amigas gatas de provincia los acompañaran y obviamente estaba su amigo gato rosado y jocoso estaba, y al son del “happy birthday to you”, se celebraba lo que seria en teoría el mejor cumpleaños de gato. Sin familia, pero con su gata. Sin amigos, pero con su gata. Sin sus calles, pero con su gata. Sin su leche favorita, pero con su gata. O bueno, eso pensaba gato hasta ese momento…
La noche se fue entre maullidos, risas, tragos anisados, cervezas y un vademécum de somníferos de la razón que los llevaron a un bar tan frio como había estado hasta ese momento gata y donde a gato le pondrían el corazón, para que, junto al hielo picado, el vodka, dos onzas de whisky y un limón fueran licuados y puestos en una copa de Martini con una sombrillita de Hawái al final.
Gato se entero de que gata estaba en los tejados vecinos con un gato hacia bastante tiempo (un gato cobarde, como más adelante se sabría). También supo, que gata se escudo en sus errores para poder apuñalarlo por la espalda y también supo que gata no era de la raza persa que pensaba sino que era una gata de la calle, que, jugaba con los sentimientos de gatos como el y que tenia una gran colección en la nevera de su casa con los muchos corazones que había arrancado. También supo que su esperanza se la había tragado una jauría de perros, y que lo mejor era irse, alejarse de ahí, correr hacia cualquier lugar, llorar, sorber mocos, juntar fuerzas y tomar hacia su fría ciudad…
El tiempo pasó y gato se acomodo a las circunstancias y por ello, a veces los gatos del vecindario lo llamaban camaleón. Gato supo que debía sostenerse en su propia naturaleza y ser independiente sin mirar atrás, sin extrañar, sin comprender, sin pensar y sobre todo sin volver a reincidir.
Después de un tiempo gato volvió a ver a gata, tomaron leche tibia, se besaron, saltaron por diferentes tejados, cazaron ratones juntos y en fin, hicieron muchísimas cosas, cosas que rememoraron tiempos felices, pero que inevitablemente fueron eclipsados por una luna de pasados, secretos y la falta de sinceridad de gata que a gato le hicieron salir despavorido hacia tejares lejanos que por lo menos no tuvieran otro gato de por medio…

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