
Cuando el tiempo se vuelve intangible y contemplas tu aparato fisiológico como un ente anexo, que de un momento a otro creció denotas que cada vez tus pasos y decisiones tienen una trascendencia mas importante y grave, que por cada paso que das al frente ,debes analizar mil puntos de vista que desgastan el cerebro de una forma despiadada y abusiva.
Cuando era pequeño, recuerdo que mi única obligación era ser niño, hacer la tarea, jugar a los ponchados todos los sábados, montar bicicleta, leer parte del libro que mi mami ponía en mi mesita de noche, comprar bombombunes, jugar nintendo en la casa de un amigo y guardar los muñecos que sacaba para jugar (buscando un payaso que siempre se perdía),y poniendo a Batman en lo alto de la repisa siempre.
En esos tiempos creo que mi mente también divagaba en contextos medianamente amplios, con gente siempre mayor (una constante de mis días), escuchando como “caerle” a alguien, lo de “echar los perros”, las salidas a unicentro, en fin, de todo un poco. El mundo se abría de piernas ante mí y de eso aprendí muy poco. No supe jamás ser tan espontaneo como quisiera y en 25 años de intentos aun soy una piedra en bruto sin ánimos de pulir cuando se trata de ligar.
Ser niño es fácil porque no tienes responsabilidades de ningún tipo, y tus designios los determinan decisiones paternas o mayores a las que solo dices si, limitando tu poder de decisión, que después será el que te cueza los sesos, y en algunos casos, diezme tu conciencia.
A veces me gustaría no devolver el tiempo, pero si empaparme más de esa ingenuidad que conducía a la experimentación como en la niñez. Me gustaría que los caminos fueran menos programados a futuros inhóspitos, los pasados olvidados como una ofensa de un amigo a los once años y tener una conciencia que me permita darme menos golpes de pecho los domingos por la noche…
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