martes, 1 de marzo de 2011

DIEGO EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS



Me encontré en un prado con los jeans de siempre y zapatos deportivos para caminar por los senderos que dictan las novias sin consuelo, los elefantes rosados y los malabaristas borrachos. De pronto vi un tipo con dientes prominentes que llevaba un ostentoso reloj dorado de bolsillo anunciando una tremenda prisa por entrar al sitio.
Yo lo deje pasar y fui detrás de el para ver que pasaba. De pronto entre en un mundo de sombras vestidas de ropa de marca, labiales usados, collares de fantasía, y medias veladas ceñidas a cuerpos anoréxicos que olían a marlboro ligths. En medio de dicho bosque de risas, conversaciones entrecortadas y pupilas dilatadas me dieron dos píldoras, una para crecer y otra para achicarme.
Probé la segunda y mi cuerpo se hizo tan pequeño como una ficha de ajedrez, dejándome ver desde un punto de vista inferior, la bastedad de la soledad y los estándares estúpidos auto impuestos que se inculcan en el norte de la ciudad y en algunos núcleos sociales. A dos manos (por mi reducido tamaño), tome la primera píldora y crecí hasta tocar el techo y por fin girar la manivela que abría y cerraba la puerta.
Al abrirla vi enanos, gatos de papel, orugas fumadoras, flores de todos los colores y precios, ratones borrachos, pájaros dodos, bebes flamencos, sapos en cantidades alarmantes, gusanos casi a la par con los sapos y uno que otro lagarto. Fui a una mesa en la que se celebraba un no cumpleaños matutino (de los que inicia en pizza 1969 y acaba de remate),mecanizado , y Salí en búsqueda del esquivo personaje con aspecto de conejo ,corriendo y empujando a todo el circo que se conglomeraba alrededor de la música, el humo y las obscenidades estridentes, hasta que desperté y vi en mi mano una copa, una manilla de papel y unas nauseas que me llevo a sacar todo aquel loco viernes en los torbellinos giratorios del excusado…

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