
Cuando uno se para en la ventana y divisa el resto de mundo que se haya en frente donde las palomas cagan, los maniquís deambulan y la vida con sus generalidades y particularidades demasiado específicas se abren paso en una sola palabra que la define: movimiento.
Creo que la vida en esencia es un enorme reloj automático con miles de millones de piezas, unas mas importantes que otras que lo conforman (nosotros), por y para las cuales funciona. Desde la palpitación de corazón, la circulación de la sangre, el recorrido intestinal de los alimentos hasta el corretear de los transeúntes, la explosión demográfica de los países pobres y la expansión desmedida de un tigre siberiano como lo es el entorno urbano y la sumisa redención de un burro atado como es el sector rural de todas las ciudades del mundo.
Movimiento, contoneo de caderas, llanto de niños empalagados por besos de madres y andar absorto por los caminos que sumergen los pasos de los caminantes en la somnolencia de los territorios inhóspitos y los frecuentes circuitos cerrados, tanto humanos como eléctricos.
Todo se mueve, todo cambia, todo se mece en una cuna que gira 24 horas. 12 en el furor de la luz, la visibilidad, la risa, la esperanza y el honor. 12 en medio de la penumbra, la desazón, el desamparo y la tentación.
Rotamos, nos movemos, giramos o como se quiera llamar. Somos como los rayos que no caen dos veces en el mismo sitio (solo en lo físico), pero que en lo interior, en lo que realmente vale, estamos inmersos como un hámster corriendo por la circular escalera. Empujados por una ansiedad indescriptible, pero corriendo hacia un vacio incierto, un destino repetitivo, una muerte súbita, una bala perdida o una resaca que haga colapsar las arterias cerebrales (paso en indonesia y eso me tiene perplejo).
Movimiento, sed, veneno, sabanas blancas, plumas de cisne, adornos en el techo, premoniciones y seguimos corriendo en la rueda de hámster que nos agolpa a las espaldas buscando la paz o la dicha en un libro, en la biblia (una revista bursátil), una leída de mano, una tirada de cartas, un pase de coca, una comida exquisita, una botella de tequila o una hora de yoga.
Nos movemos en busca de algo que alguien condenso en un término que denomino felicidad y yo determino como movimiento. Algunos lo haya suicidándose, leyendo, ejercitándose, asesinando, drogándose, siendo misioneros en un pueblo apartado de áfrica o drenando la tibia sangre de un gato en una misa negra.
Yo me muevo en tonos grises y de colores, muto entre amores y desamores, fraguando derrotas y conquistas en diferentes y cambiantes planos. Sorteo huracanes implacables en la mañana, almuerzo sorpresas agradables o no, tomo el te de las cinco, con o sin galletas y a veces como o simplemente ceno y me voy a mi respectivo rasguñadero y dejo colgada la vida de gato que se consumió el día, para cerrar los ojos en una cama con estampados burgueses y aroma a jazmín, mientras el mundo da una vuelta mas y al otro lado del globo terráqueo la gente se levanta a trabajar.
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